capaces de controlarla. Hasta dónde es nuestra. Y hasta dónde pertenece a los demás.
Hay una frase que
hemos escuchado tantas veces que casi ha perdido su significado.
Sé tú mismo.
Parece sencillo.
Tres palabras.
Cada una con más
peso que la anterior:
Sé. Tú. Mismo.
Como si bastara
con mirarse al espejo una mañana para reconocerse y decidir que, a partir de
ese momento, uno va a comportarse como realmente desea.
Como si fuera tan
fácil quitarse esa máscara bajo la que tantas veces nos sentimos cómodos y
descubrir el verdadero yo que se esconde debajo.
Como en un baile
veneciano, pero sin música.
Porque muchas
veces resulta más cómodo ser quienes los demás esperan que seamos: moldeados
por la idea que tienen de nosotros nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros
padres, aquellas personas que nos conocen y también aquellas a las que creemos
conocer.
Y de ahí surge la
pregunta que nos trae hoy aquí:
¿Quién eres
realmente cuando no estás intentando agradar a nadie?
Soy Leonardo
Jiménez, un escritor entre sombras que tan solo intenta contar su experiencia
vital y convertirse en quien siempre quiso ser.
O quizá en quien
siempre fue.
Vengo a quitarme
la máscara.
Levantemos el
telón. Comienza «Reflexiones entre sombras».
Desde que somos
pequeños aprendemos a adaptarnos al entorno.
A la familia que
nos tocó. A nuestros padres. A nuestros hermanos. Al espacio que debemos
compartir con ellos.
Comenzamos una
aventura en la que todo aquello que nos rodea nos empuja a tomar decisiones. Y
serán esas decisiones, acertadas o equivocadas, las que poco a poco nos
modelarán y nos convertirán en quienes seremos en el futuro.
Nos enseñan
cuándo debemos hablar y cuándo debemos callarnos.
Qué cosas gustan
de nosotros y cuáles incomodan.
Qué
comportamientos reciben una sonrisa y cuáles provocan rechazo.
Forma parte del
aprendizaje, nos dicen.
Y aprendemos.
En la mayoría de
los casos discriminamos aquellos comportamientos que consideramos negativos. En
otros los acogemos como parte de nuestra personalidad. Y algunos,
sencillamente, terminan dominándonos sin que apenas nos demos cuenta.
Es la esencia de
vivir con los demás.
De encajar en la
sociedad.
No podemos
comportarnos siempre como nos dé la gana y llamar a eso libertad. Vivimos
rodeados de personas que merecen nuestro respeto y nuestros actos tienen
consecuencias.
Pero existe una
frontera muy fina entre aprender a convivir y comenzar a interpretar un
personaje.
Y muchas veces ni
siquiera sabemos cuándo hemos cruzado esa delgada línea que separa ser nosotros
mismos de convertirnos en un personaje secundario dentro de la vida de los
demás.
El amigo de.
El hijo de.
La pareja de.
El compañero de.
Hasta que, poco a
poco, comenzamos a perder nuestra propia identidad.
Casi todos, de
una manera u otra, hemos querido alguna vez caer bien.
Encajar en el
puzle.
Formar parte de
ese grupo con derecho de admisión en el que parece que hay que ganarse la
entrada.
El siguiente paso
es intentar no decepcionar.
Después, evitar
que alguien a quien apreciamos se enfade con nosotros.
Que no piense mal
de lo que hemos dicho o de lo que hemos hecho.
Entonces llegan
las explicaciones.
Explicaciones
que, muchas veces, ni siquiera tendríamos por qué dar.
Y es ahí cuando
podemos comenzar, sin darnos cuenta, a convertirnos en la persona que otros
esperan que seamos.
A veces pienso
que los escritores tenemos cierta ventaja para reconocerlo.
Pero no es la
escritura la que nos da esa lucidez.
Es la vida.
La experiencia.
El error.
La caída.
Tropezar con una
piedra. Y con otra. Y con otra.
Y, sobre todo,
aprender a levantarnos un poco mejor de como éramos antes de tropezar.
Reconocer cuál
fue la piedra para intentar no volver a caer exactamente en el mismo lugar.
Nos pasamos la
vida construyendo personajes.
Pensamos qué
dirían, cómo actuarían, qué esconden, cuáles son sus anhelos, cuáles sus miedos
más profundos y cómo podrían enfrentarse a ellos.
Les construimos
una máscara.
Y quizá en la
vida hagamos exactamente lo mismo.
Tenemos un
personaje para el trabajo.
Otro para nuestra
familia.
Otro para
nuestros amigos.
Otro para las
redes sociales.
Perfiles que se
adaptan al entorno para desempeñar el papel que corresponde en cada momento.
¿Y quién nos dice
que no tengamos también uno para la persona a la que queremos?
No necesariamente
porque mintamos.
Somos seres
complejos.
Todos tenemos
muchas versiones de nosotros mismos.
Pero el problema
aparece cuando alguna de esas versiones comienza a alejarnos demasiado de quien
realmente somos.
Cuando dejamos de
preguntarnos qué queremos y empezamos a preguntarnos únicamente qué esperan los
demás de nosotros.
Y aquí aparece
algo con lo que creo que casi todos hemos tenido que enfrentarnos alguna vez.
La necesidad de
agradar.
Hay personas a
las que parece no importarles demasiado lo que los demás piensen de ellas.
Otras, en cambio,
necesitan sentirse constantemente aceptadas, aprobadas, queridas, reconocidas.
Y en un mundo en
el que un «me gusta», una reproducción o un comentario se convierten casi en
pequeñas dosis de aprobación, esa necesidad puede transformarse en un arma de
doble filo.
A veces
aprendemos que para no decepcionar debemos cumplir unas expectativas.
Y para mantener
esas expectativas empezamos a ceder.
Primero en cosas
pequeñas.
Después en otras
que no lo son tanto.
Aceptamos algo
que no queremos.
Permitimos
comportamientos que nos molestan.
Nos convencemos
de que tampoco era para tanto.
De que esa
persona es así y debemos aceptarla.
Porque nosotros
también tenemos defectos.
Y olvidamos algo
importante: aceptar los defectos de alguien no significa aceptar cualquier
cosa.
También debemos
saber elegir cuándo permanecer, cómo hacerlo y, sobre todo, al lado de quién.
Porque llega un
momento en el que hemos cedido tantas cosas que ya no sabemos dónde terminaban
los demás y dónde empezábamos nosotros.
Quizá por eso
aprender a decir no sea una de las cosas más difíciles que existen.
Porque un «no» a
tiempo no es solamente una palabra.
A veces significa
asumir que alguien puede enfadarse contigo.
Que puede
decepcionarse.
Que puede
alejarse.
Y aceptar esa
posibilidad requiere algo que no siempre tenemos.
Amor propio.
Pero cuando hablo
de amor propio no hablo de colocarnos por encima de los demás.
No hablo del ego.
No hablo de
convertir nuestra palabra en un axioma.
Para mí existe
una diferencia bastante sencilla.
La egolatría
dice:
«Yo soy más
importante que los demás».
El amor propio
dice:
«Yo también soy
importante».
Porque a veces
parece que cuidarse para poder querer a los demás fuese egoísmo.
Que poner límites
fuese falta de generosidad.
Que elegirnos
alguna vez a nosotros mismos significase abandonar a quienes queremos.
Y no.
No se trata de
querernos más que a los demás.
Se trata de dejar
de querernos menos.
Y quizá una de
las mayores dificultades llegue precisamente cuando comenzamos a establecer
límites.
Porque algunas
personas pueden decirnos:
«Ya no te
reconozco».
«Has cambiado».
O incluso:
«Te han
cambiado».
Y aparece una de
esas frases que todos hemos escuchado alguna vez.
«Antes no eras
así».
Es una frase
curiosa.
Porque quizá sea
verdad.
Quizá antes no
eras así.
Quizá antes
callabas.
Quizá antes
permitías.
Quizá antes
tenías miedo.
Cambiar no
significa necesariamente dejar de ser uno mismo.
A veces significa
justamente lo contrario.
Quitarse la venda
de los ojos.
Romper
determinadas ataduras.
Descubrir que
quizá nunca fuiste exactamente quien pensabas que eras.
También existen
frases capaces de desmontarnos:
«Si me quisieras
harías esto».
«Eres muy poco
empático conmigo».
«Nunca haces nada
por mí».
Y ahí comienza
una forma de manipulación que puede ser consciente o inconsciente, pero que
resulta especialmente poderosa cuando encuentra a alguien que necesita
desesperadamente agradar.
Porque cuando
tienes miedo de que una persona se marche puedes terminar negociando demasiadas
cosas.
Y algunas nunca
deberían negociarse.
Pero también
existe el extremo contrario.
Otra expresión
que hemos escuchado demasiadas veces:
«Yo soy así. Y
tienes que aceptarme».
Soy así.
Si no te gusta,
es tu problema.
Y entonces parece
que todos los que nos rodean deben moldearse alrededor de nuestra manera de
ser.
Pero tratar mal a
alguien no se justifica diciendo que esa es nuestra personalidad.
La autenticidad
no nos libera de nuestras responsabilidades.
Podemos ser
nosotros mismos y reconocer que nos equivocamos.
Podemos cambiar
de opinión.
Podemos pedir
perdón.
Podemos descubrir
que una parte de nosotros que creíamos auténtica era sencillamente miedo,
orgullo o inseguridad.
Mirar hacia
dentro, explorarnos y conocernos puede ayudarnos a convertirnos en mejores
personas.
Pero ese paso
debemos darlo nosotros.
Nuestra mejor
versión quizá siempre haya estado ahí.
El problema es
que no podremos reconocerla mientras sigamos cargando con demasiado lastre.
Y resulta curioso
que todo esto ocurra en una época en la que nunca se ha hablado tanto de
individualidad.
Sé diferente.
Sé único.
Sé auténtico.
Encuentra tu
propia voz.
Y, sin embargo,
nunca hemos estado tan pendientes de lo que hacen los demás.
Abrimos una red
social y alguien nos explica cómo debemos vestir, cómo debemos hablar, qué
debemos comer, dónde tenemos que viajar, qué libros deberíamos leer o incluso
qué aspecto debe tener nuestra felicidad.
Nos dicen
constantemente que debemos ser únicos mientras millones de personas intentamos
parecernos a los mismos modelos.
Y si a eso
sumamos que vivimos en una sociedad tremendamente polarizada, la ecuación se
vuelve todavía más complicada.
Parece que
cualquier asunto exige elegir un lado.
Blanco o negro.
Derecha o
izquierda.
Bueno o malo.
Conmigo o contra
mí.
Como si no
existieran matices.
Como si decir «no
estoy completamente de acuerdo contigo» fuera una traición.
Y muchas veces
terminamos posicionándonos porque hacerlo reafirma nuestra pertenencia a un
grupo.
Nos proporciona
calor.
Aceptación.
Una sensación de
formar parte de algo.
Pero vivir
únicamente para satisfacer expectativas ajenas tiene una consecuencia.
Quizá consigamos
la aprobación.
Quizá muchas
personas estén satisfechas con nosotros.
Quizá recibamos
su aplauso.
Pero ese
reconocimiento puede desaparecer exactamente en el momento en el que decidamos
enfrentarnos a sus expectativas y comenzar a ser nosotros mismos.
Y ahí aparece la
pregunta que me parece más incómoda de todas.
Tan incómoda como
necesaria.
¿Cuántas
decisiones habéis tomado realmente vosotros y cuántas habéis tomado para no
decepcionar a alguien?
Yo no soy capaz
de darte una respuesta.
¿Vosotros sí?
Probablemente
nadie pueda responderla del todo.
Pero creo que
merece la pena hacerse esa pregunta alguna vez.
Porque nuestra
respuesta no significa querer menos a los demás.
Necesitamos a las
personas que queremos.
Necesitamos amor.
Amistad.
Cariño.
Compañía.
Necesitamos
pertenecer.
Pero existe una
diferencia abismal entre necesitar a otras personas y necesitar convertirnos en
otra persona para que esas personas nos quieran.
Porque, al final,
llegará el momento en el que el telón que hemos levantado al comenzar este
episodio vuelva a bajar.
Las luces se
apagarán.
Volveremos del
trabajo.
Prepararemos la
cena.
Dejaremos el
teléfono a un lado.
La habitación
quedará en silencio.
Y solo quedará
una persona.
Nosotros.
Quizá entonces la
pregunta no sea si los demás están cómodos con esa persona.
La pregunta será:
¿Lo estamos
nosotros?
¿Nos sentimos
orgullosos de quiénes somos?
¿De en quiénes
nos hemos convertido?
Con el paso de
los años cambiamos.
Nos equivocamos.
Aprendemos.
Nos
reconstruimos.
Algunas personas
se bajan de nuestra vida y llegan otras.
Cada una deja
algo.
Cada experiencia
modifica una pequeña parte de nosotros.
Y quizá para
aceptar ese crecimiento debamos entender que la vida no consiste solamente en
sumar.
También consiste
en restar.
Restar
expectativas.
Personajes.
Miedos.
Versiones de
nosotros mismos construidas únicamente para agradar.
Ir retirando, una
a una, todas esas capas.
Despojarnos de la
máscara.
Y descubrir qué
había debajo.
Quizá sea
precisamente ahí…
cuando el telón
haya bajado y las luces se hayan apagado…
entre sombras…
donde empecemos
por fin a reconocernos.

