Autora: Gemma L. Pascual
Editorial: La consentida
Año de edición: 2024 (3ª edición)
Número de páginas: 387
Sinopsis:
El cosmos de
Aura es una novela audaz, atrevida y cruda.
Aura te da la
mano y te muestra lo que hay tras la muerte de la forma más natural. Es
hiperrealismo y crudeza. Tan auténtico que el lector dudará entre lo que es
real y lo que es ficción.
Sexo,
adolescencia y aventuras en las que acompañamos a la protagonista durante tres
fases temporales (los 90, los 2000 y la década de 2010) a través de
experiencias, diarios y conversaciones de una milenial real.
Con un estilo
accesible, telegráfico, natural y realista, evitando los adornos innecesarios
combina géneros literarios de una forma fresca ofreciendo innovación con
respecto a lo que se espera de una novela de fantasía.
Mi opinión:
Gemma L. Pascual ya nos avisa desde la primera página de que no va a pedirnos permiso para entrar. Directamente, cumple sin aspavientos todo lo que la sinopsis promete: atrevimiento, audacia, crudeza, pero lo verdaderamente interesante es cómo lo cumple, porque la forma aquí no es un envase, sino una declaración de intenciones, que permite al lector avezado desprender capa a capa la historia para no perderse el más mínimo detalle.
La protagonista, Aura, arranca su
historia con una adolescencia marcada por una familia rota, y L. Pascual no
suaviza nada al respecto. Hay algo casi documental en la manera en que retrata
ese período de la vida: las amistades que parecen absolutas. Sin embargo, los
que hemos vivido más allá y miramos hacia atrás sabemos que duran lo que duran.
Al igual que las relaciones, mostrando a los chicos como territorios a explorar
antes de entenderse a una misma, esa presión silenciosa, que todos hemos
sentido, de encajar en patrones que nadie ha elegido, pero todos acatan por no
verse excluidos del grupo.
Lo que distingue este retrato que hace del
de tantas otras novelas que abordan la adolescencia y la juventud es que la
autora no lo observa desde fuera con distancia de adulta. Lo habita desde
dentro, desde el momento en el que el personaje lo vive.
El lenguaje que usa Aura pertenece a su
época —los noventa, los 2000, la década de 2010, con esa precisión quirúrgica que
convierte cada conversación en prueba de que estuvo allí, de que lo vivió en
sus carnes. Y eso es lo que otorga a los diálogos de fuerza: no suenan
escritos, suenan rememorados.
La estructura en tres fases temporales
no es un recurso ornamental. Es la columna vertebral de la novela. Cada salto
en el tiempo supone también un salto en el registro que nos presenta: la Aura
niña, la adolescente y la adulta no solo maduran en contenido sino en voz, y L.
Pascual supera el desafío que se impone desde los primeros compases de sostener
esa distinción sin que las costuras se noten. Y de ahí que a medida que Aura
crece, la historia se vuelve más erótica, más oscura, más consciente de sí
misma, sin que ella lo sepa, y si lo sabe, no sea ni siquiera consciente. Ahí
está el juego que nos presenta y del que forma parte el lector. Una de sus
mayores virtudes es justamente esa, que es una novela que crece con su
protagonista, y eso exige que el lector la acompañe en ese crecimiento en lugar
de consumirla de manera pasiva.
El estilo telegráfico que define el
libro es señalado en su sinopsis, pero creo que merece un análisis más
detenido. La frase corta, la elipsis, la ausencia de adorno: no es simpleza, ni
tampoco pobreza expresiva, es una decisión estética coherente con el mundo que
describe. Una adolescente no reflexiona en períodos subordinados. Siente, presiente,
actúa. Y ahí es donde entra la protagonista. El ritmo que impone en cada escena
mimetiza esa urgencia vital, y cuando llegan los fragmentos del diario: uno de
los momentos más logrados de la obra, el efecto es devastador precisamente
porque no hay red que amortigüe la caída.
Lo que más me ha mantenido en vilo es
esa línea tensa entre lo real y lo que podría no serlo. L. Pascual introduce
como elemento fantástico: la muerte, uno de sus mayores logros. Y también la
posibilidad de que la percepción de Aura sea una ventana a otro plano o
simplemente una mente fragmentada construyendo sentido donde no lo hay, y lo
que hace con la misma naturalidad con la que introduce una escena que se
desarrolla en el instituto. El manejo de esa equidistancia para no causar
ningún desequilibrio es brillante, porque te obliga a leer con sospecha en todo
momento. Dudas de Aura, dudas de lo que ves, y al final esa duda no resuelta es
el estado en el que la autora quiere dejarte para que te mantengas despierto en
todo momento.
Las relaciones tóxicas y la necesidad de
pertenencia que atraviesan la novela tampoco son un añadido temático: son la
argamasa que mantiene unida la historia en el terreno social en el que se
mueven los personajes. L. Pascual sabe que los jóvenes no caen en esas
dinámicas por debilidad sino por una necesidad de reconocimiento que la
sociedad alimenta y sanciona al mismo tiempo, y lo muestra sin juzgar a ninguno
de sus personajes. De ahí que esa neutralidad sea uno de los mayores aciertos
de la obra.
El cosmos de Aura se erige como una obra honesta, en la que su autora brilla con una primera
novela. Hay detrás una escritora real, que ha sopesado cada detalle en cada
capítulo, y eso se nota. En un panorama literario que a menudo premia lo
seguro, este libro elige el riesgo. Y le sale bien.










