viernes, agosto 21, 2026

REFLEXIONES ENTRE SOMBRAS: Ser uno mismo



Para ver en Youtube, clica aquí

Para escuchar en Spotify, clica aquí


Hasta dónde somos capaces de percibir nuestra propia realidad. Hasta dónde somos
capaces de controlarla. Hasta dónde es nuestra. Y hasta dónde pertenece a los demás.

Hay una frase que hemos escuchado tantas veces que casi ha perdido su significado.

Sé tú mismo.

Parece sencillo: tres palabras.

Cada una con más peso que la anterior:

Sé. Tú. Mismo.

Como si bastara con mirarse al espejo una mañana para reconocerse y decidir que, a partir de ese momento, uno va a comportarse como realmente desea.

Como si fuera tan fácil quitarse esa máscara bajo la que tantas veces nos sentimos cómodos y descubrir el verdadero yo que se esconde debajo.

Como en un baile veneciano, pero sin música.

Porque muchas veces resulta más cómodo ser quienes los demás esperan que seamos: moldeados por la idea que tienen de nosotros nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros padres, aquellas personas que nos conocen y también aquellas a las que creemos conocer.

Y de ahí surge la pregunta que nos trae hoy aquí:

¿Quién eres realmente cuando no estás intentando agradar a nadie?

Soy Leonardo Jiménez, un escritor entre sombras que tan solo intenta contar su experiencia vital y convertirse en quien siempre quiso ser.

O quizá en quien siempre fue.

Vengo a quitarme la máscara.

Levantemos el telón. Comienza «Reflexiones entre sombras».

Desde que somos pequeños aprendemos a adaptarnos al entorno.

A la familia que nos tocó. A nuestros padres. A nuestros hermanos. Al espacio que debemos compartir con ellos.

Comenzamos una aventura en la que todo aquello que nos rodea nos empuja a tomar decisiones. Y serán esas decisiones, acertadas o equivocadas, las que poco a poco nos modelarán y nos convertirán en quienes seremos en el futuro.

Nos enseñan cuándo debemos hablar y cuándo debemos callarnos.

Qué cosas gustan de nosotros y cuáles incomodan.

Qué comportamientos reciben una sonrisa y cuáles provocan rechazo.

Forma parte del aprendizaje, nos dicen.

Y aprendemos.

En la mayoría de los casos discriminamos aquellos comportamientos que consideramos negativos. En otros los acogemos como parte de nuestra personalidad. Y algunos, sencillamente, terminan dominándonos sin que apenas nos demos cuenta.

Es la esencia de vivir con los demás. De encajar en la sociedad.

No podemos comportarnos siempre como nos dé la gana y llamar a eso libertad. Vivimos rodeados de personas que merecen nuestro respeto y nuestros actos tienen consecuencias.

Pero existe una frontera muy fina entre aprender a convivir y comenzar a interpretar un personaje.

Y muchas veces ni siquiera sabemos cuándo hemos cruzado esa delgada línea que separa ser nosotros mismos de convertirnos en un personaje secundario dentro de la vida de los demás.

El amigo de. El hijo de. La pareja de. El compañero de.

Hasta que, poco a poco, comenzamos a perder nuestra propia identidad.

Casi todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez caer bien.

Encajar en el puzle.

Formar parte de ese grupo con derecho de admisión en el que parece que hay que ganarse la entrada.

El siguiente paso es intentar no decepcionar.

Después, evitar que alguien a quien apreciamos se enfade con nosotros.

Que no piense mal de lo que hemos dicho o de lo que hemos hecho.

Entonces llegan las explicaciones.

Explicaciones que, muchas veces, ni siquiera tendríamos por qué dar.

Y es ahí cuando podemos comenzar, sin darnos cuenta, a convertirnos en la persona que otros esperan que seamos.

A veces pienso que los escritores tenemos cierta ventaja para reconocerlo.

Pero no es la escritura la que nos da esa lucidez.

Es la vida. La experiencia. El error. La caída. Tropezar con una piedra. Y con otra. Y con otra.

Y, sobre todo, aprender a levantarnos un poco mejor de como éramos antes de tropezar.

Reconocer cuál fue la piedra para intentar no volver a caer exactamente en el mismo lugar.

Nos pasamos la vida construyendo personajes.

Pensamos qué dirían, cómo actuarían, qué esconden, cuáles son sus anhelos, cuáles sus miedos más profundos y cómo podrían enfrentarse a ellos.

Les construimos una máscara.

Y quizá en la vida hagamos exactamente lo mismo.

Tenemos un personaje para el trabajo.

Otro para nuestra familia.

Otro para nuestros amigos.

Otro para las redes sociales.

Perfiles que se adaptan al entorno para desempeñar el papel que corresponde en cada momento.

¿Y quién nos dice que no tengamos también uno para la persona a la que queremos?

No necesariamente porque mintamos.

Somos seres complejos.

Todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos.

Pero el problema aparece cuando alguna de esas versiones comienza a alejarnos demasiado de quien realmente somos.

Cuando dejamos de preguntarnos qué queremos y empezamos a preguntarnos únicamente qué esperan los demás de nosotros.

Y aquí aparece algo con lo que creo que casi todos hemos tenido que enfrentarnos alguna vez.

La necesidad de agradar.

Hay personas a las que parece no importarles demasiado lo que los demás piensen de ellas.

Otras, en cambio, necesitan sentirse constantemente aceptadas, aprobadas, queridas, reconocidas.

Y en un mundo en el que un «me gusta», una reproducción o un comentario se convierten casi en pequeñas dosis de aprobación, esa necesidad puede transformarse en un arma de doble filo.

A veces aprendemos que para no decepcionar debemos cumplir unas expectativas.

Y para mantener esas expectativas empezamos a ceder.

Primero en cosas pequeñas.

Después en otras que no lo son tanto.

Aceptamos algo que no queremos.

Permitimos comportamientos que nos molestan.

Nos convencemos de que tampoco era para tanto.

De que esa persona es así y debemos aceptarla.

Porque nosotros también tenemos defectos.

Y olvidamos algo importante: aceptar los defectos de alguien no significa aceptar cualquier cosa.

También debemos saber elegir cuándo permanecer, cómo hacerlo y, sobre todo, al lado de quién.

Porque llega un momento en el que hemos cedido tantas cosas que ya no sabemos dónde terminaban los demás y dónde empezábamos nosotros.

Quizá por eso aprender a decir no sea una de las cosas más difíciles que existen.

Porque un «no» a tiempo no es solamente una palabra.

A veces significa asumir que alguien puede enfadarse contigo.

Que puede decepcionarse.

Que puede alejarse.

Y aceptar esa posibilidad requiere algo que no siempre tenemos.

Amor propio.

Pero cuando hablo de amor propio no hablo de colocarnos por encima de los demás.

No hablo del ego.

No hablo de convertir nuestra palabra en un axioma.

Para mí existe una diferencia bastante sencilla.

La egolatría dice:

«Yo soy más importante que los demás».

El amor propio dice:

«Yo también soy importante».

Porque a veces parece que cuidarse para poder querer a los demás fuese egoísmo.

Que poner límites fuese falta de generosidad.

Que elegirnos alguna vez a nosotros mismos significase abandonar a quienes queremos.

Y no.

No se trata de querernos más que a los demás.

Se trata de dejar de querernos mejor.

Y quizá una de las mayores dificultades llegue precisamente cuando comenzamos a establecer límites.

Porque algunas personas pueden decirnos:

«Ya no te reconozco».

«Has cambiado».

O incluso:

«Te han cambiado».

Y aparece una de esas frases que todos hemos escuchado alguna vez.

«Antes no eras así».

Es una frase curiosa.

Porque quizá sea verdad.

Quizá antes no eras así.

Quizá antes callabas.

Quizá antes permitías.

Quizá antes tenías miedo.

Cambiar no significa necesariamente dejar de ser uno mismo.

A veces significa justamente lo contrario.

Quitarse la venda de los ojos.

Romper determinadas ataduras.

Descubrir que quizá nunca fuiste exactamente quien pensabas que eras.

También existen frases capaces de desmontarnos:

«Si me quisieras harías esto».

«Eres muy poco empático conmigo».

«Nunca haces nada por mí».

Y ahí comienza una forma de manipulación que puede ser consciente o inconsciente, pero que resulta especialmente poderosa cuando encuentra a alguien que necesita desesperadamente agradar.

Porque cuando tienes miedo de que una persona se marche puedes terminar negociando demasiadas cosas.

Y algunas nunca deberían negociarse.

Pero también existe el extremo contrario.

Otra expresión que hemos escuchado demasiadas veces:

«Yo soy así. Y tienes que aceptarme».

Soy así.

Si no te gusta, es tu problema.

Y entonces parece que todos los que nos rodean deben moldearse alrededor de nuestra manera de ser.

Pero tratar mal a alguien no se justifica diciendo que esa es nuestra personalidad.

La autenticidad no nos libera de nuestras responsabilidades.

Podemos ser nosotros mismos y reconocer que nos equivocamos.

Podemos cambiar de opinión.

Podemos pedir perdón.

Podemos descubrir que una parte de nosotros que creíamos auténtica era sencillamente miedo, orgullo o inseguridad.

Mirar hacia dentro, explorarnos y conocernos puede ayudarnos a convertirnos en mejores personas.

Pero ese paso debemos darlo nosotros.

Nuestra mejor versión quizá siempre haya estado ahí.

El problema es que no podremos reconocerla mientras sigamos cargando con demasiado lastre.

Y resulta curioso que todo esto ocurra en una época en la que nunca se ha hablado tanto de individualidad.

Sé diferente.

Sé único.

Sé auténtico.

Encuentra tu propia voz.

Y, sin embargo, nunca hemos estado tan pendientes de lo que hacen los demás.

Abrimos una red social y alguien nos explica cómo debemos vestir, cómo debemos hablar, qué debemos comer, dónde tenemos que viajar, qué libros deberíamos leer o incluso qué aspecto debe tener nuestra felicidad.

Nos dicen constantemente que debemos ser únicos mientras millones de personas intentamos parecernos a los mismos modelos.

Y si a eso sumamos que vivimos en una sociedad tremendamente polarizada, la ecuación se vuelve todavía más complicada.

Parece que cualquier asunto exige elegir un lado.

Blanco o negro.

Derecha o izquierda.

Bueno o malo.

Conmigo o contra mí.

Como si no existieran matices.

Como si decir «no estoy completamente de acuerdo contigo» fuera una traición.

Y muchas veces terminamos posicionándonos porque hacerlo reafirma nuestra pertenencia a un grupo.

Nos proporciona calor.

Aceptación.

Una sensación de formar parte de algo.

Pero vivir únicamente para satisfacer expectativas ajenas tiene una consecuencia.

Quizá consigamos la aprobación.

Quizá muchas personas estén satisfechas con nosotros.

Quizá recibamos su aplauso.

Pero ese reconocimiento puede desaparecer exactamente en el momento en el que decidamos enfrentarnos a sus expectativas y comenzar a ser nosotros mismos.

Y ahí aparece la pregunta que me parece más incómoda de todas.

Tan incómoda como necesaria.

¿Cuántas decisiones habéis tomado realmente vosotros y cuántas habéis tomado para no decepcionar a alguien?

Yo no soy capaz de darte una respuesta.

¿Vosotros sí?

Probablemente nadie pueda responderla del todo.

Pero creo que merece la pena hacerse esa pregunta alguna vez.

Porque nuestra respuesta no significa querer menos a los demás.

Necesitamos a las personas que queremos.

Necesitamos amor.

Amistad.

Cariño.

Compañía.

Necesitamos pertenecer.

Pero existe una diferencia abismal entre necesitar a otras personas y necesitar convertirnos en otra persona para que esas personas nos quieran.

Porque, al final, llegará el momento en el que el telón que hemos levantado al comenzar este episodio vuelva a bajar.

Las luces se apagarán.

Volveremos del trabajo.

Prepararemos la cena.

Dejaremos el teléfono a un lado.

La habitación quedará en silencio.

Y solo quedará una persona.

Nosotros.

Quizá entonces la pregunta no sea si los demás están cómodos con esa persona.

La pregunta será:

¿Lo estamos nosotros?

¿Nos sentimos orgullosos de quiénes somos?

¿De en quiénes nos hemos convertido?

Con el paso de los años cambiamos.

Nos equivocamos.

Aprendemos.

Nos reconstruimos.

Algunas personas se bajan de nuestra vida y llegan otras.

Cada una deja algo.

Cada experiencia modifica una pequeña parte de nosotros.

Y quizá para aceptar ese crecimiento debamos entender que la vida no consiste solamente en sumar.

También consiste en restar.

Restar expectativas. Personajes. Miedos.

Versiones de nosotros mismos construidas únicamente para agradar.

Ir retirando, una a una, todas esas capas.

Despojarnos de la máscara. Y descubrir qué había debajo.

Quizá sea precisamente ahí… cuando el telón haya bajado y las luces se hayan apagado…entre sombras… donde empecemos por fin a reconocernos.

miércoles, agosto 19, 2026

Hoy charlamos con José Manuel Azorín, escritor de thriller psicológico

Hoy nos acompaña José Manuel Azorín, autor de Los rostros de Sara, una novela que se adentra en ese territorio incómodo donde ya no sabemos si lo que vemos pertenece al mundo real o a una herida de la mente.

Azorín debuta en la narrativa larga con un thriller psicológico protagonizado por Sara Montalbán, una mujer poderosa, brillante, situada en lo alto de una gran farmacéutica internacional, que empieza a descubrir que los rostros de quienes la rodean ya no parecen los mismos. Su marido, sus compañeros, su reflejo, incluso su propia identidad, comienzan a volverse sospechosos.

Pero Los rostros de Sara no busca solo el golpe de efecto ni el giro fácil. Quiere entrar en la fragilidad de la percepción, en la paranoia, en la culpa, en el poder corporativo y en esa pregunta que nos desarma: ¿podemos confiar del todo en nuestra mente?

Hoy hablaremos con José Manuel Azorín de escritura, de miedo psicológico, de identidad, de realidad subjetiva y de cómo se construye una novela donde cada certeza se va rompiendo poco a poco.

Bienvenido, José Manuel Azorín.

José Manuel, Los rostros de Sara parte de una pregunta muy inquietante: ¿cuánto de lo que vemos es real y cuánto lo proyecta nuestra propia mente? ¿Esa fue la semilla inicial de la novela?

Buenas tardes, Leo. Lo primero, agradecerte la invitación a Mi experiencia como escritor. Es un verdadero placer compartir este tiempo contigo.

Y sí, esa pregunta está muy presente en el origen de la novela, aunque yo añadiría otra palabra: empatía. Porque muchas veces lo que creemos ver en los demás no es necesariamente lo que son, sino la interpretación que hacemos de ellos. Cada persona tiene una historia, unas razones para actuar como actúa, y tendemos a juzgar sin preguntarnos qué hay detrás. Esa idea de que nuestra percepción puede engañarnos fue una de las cosas que me llevó a empezar a construir a Sara.

Sara Montalbán parece tenerlo todo: poder, prestigio, carrera brillante y una familia aparentemente perfecta. ¿Por qué te interesaba empezar desde una vida que, por fuera, parece tan controlada?

Porque me interesaba precisamente romper esa sensación de control. Sara es una mujer poderosa, preparada, acostumbrada a tomar decisiones y a tener su vida aparentemente bajo control. Y, sin embargo, un trastorno de este tipo no entiende de posición social, éxito o prestigio.

Eso me parecía muy potente narrativamente: demostrar que incluso alguien que desde fuera parece tenerlo todo puede empezar a perder la seguridad sobre aquello que ve y sobre las personas que la rodean. Y además, a través de Sara, también quería jugar con otra idea: que todos mostramos una cara al mundo, pero eso no significa que sea la única que tenemos.

¿Qué te atrae del thriller psicológico frente a otros géneros?

Me atrae porque da muchísimo juego sin necesitar grandes artificios. El conflicto puede estar dentro del propio personaje y, para mí, eso puede ser mucho más inquietante que cualquier amenaza externa.

Me gusta poder colocar al lector en la piel del protagonista. En Los rostros de Sara prácticamente todo lo percibimos desde su perspectiva, así que cuando ella empieza a dudar de lo que ve, el lector también duda. Luchamos con Sara, pero al mismo tiempo empezamos a preguntarnos si podemos confiar en ella.

Y eso es probablemente lo que más me interesa del thriller psicológico: que la mente del protagonista pueda convertirse también en parte del misterio.

La novela juega con la paranoia, la sospecha y la percepción contradictoria. ¿Cómo se escribe desde una mente que empieza a desconfiar de todo lo que le rodea?

Para escribirla tuve que intentar ponerme de verdad en el lugar de Sara. Y no fue fácil, porque es un personaje que vive en un estado de sospecha constante.

Tuve que meterme en una forma de pensar muy distinta a la mía: cuestionar gestos, conversaciones, silencios… cosas que normalmente no analizaría de esa manera.

Eso me obligó a mirar el mundo desde una percepción mucho más inestable, y para mí fue un aprendizaje enorme como escritor.

Sara empieza a ver amenaza en su marido, en sus compañeros y hasta en su propio reflejo. ¿Qué representa para ti esa pérdida de familiaridad con los rostros conocidos?

Representa el miedo y, sobre todo, la ruptura de tu red de seguridad. Imagínate no poder confiar en nadie de tu entorno, sentir que incluso las personas que deberían darte calma pueden ser una amenaza. Es inquietante solo pensarlo.

Y creo que, cuando Sara empieza a romper con su círculo, también empieza a romper consigo misma, porque deja de tener puntos de referencia que le confirmen qué es real y qué no.

En la historia hay una gran farmacéutica internacional como escenario de poder. ¿Por qué elegiste ese entorno corporativo para colocar la fractura psicológica de la protagonista?

Elegí una gran farmacéutica por dos razones: poder y sanidad.

Por un lado, Sara alcanza al principio de la novela una posición de muchísimo poder, y esa responsabilidad funciona muy bien para intensificar la presión que empieza a sentir.

Y, por otro, está la parte sanitaria. Sus decisiones no afectan solo a balances o accionistas: pueden afectar a la vida de muchas personas. Eso hace que sus momentos de duda o inestabilidad tengan consecuencias que van mucho más allá de ella misma.

Me interesaba precisamente eso: colocar una grieta íntima en un lugar donde cada decisión puede tener un impacto enorme..

¿Te interesaba mostrar que la presión externa, la ambición y el éxito también pueden convertirse en formas de encierro?

Sí, y me encanta que lo hayas notado. Sara pasa por muchas fases a lo largo de la novela, pero casi todas avanzan en una misma dirección: la soledad.

Cuanto más poder tiene y más importantes son las decisiones que debe tomar, mayor es también la presión. Y cuando además empieza a desconfiar de su propia percepción, va perdiendo uno a uno sus puntos de apoyo. Llega un momento en el que siente que solo puede confiar en sí misma… precisamente cuando tampoco está segura de poder hacerlo.

Tu novela parece centrarse menos en el giro espectacular y más en la experiencia emocional del lector. ¿Buscabas que quien leyera no solo entendiera la paranoia de Sara, sino que la sintiera?

Sí. Es una forma de escribir que me interesa mucho. Me gusta construir un personaje fuerte, meterme dentro de él y acompañarlo hasta el final. Intento desarrollarlo de manera que el lector no solo comprenda sus decisiones, sino que llegue a sentir que, teniendo en cuenta todo lo que ha vivido, ese desenlace es emocionalmente coherente, casi inevitable.

Y me gusta que al cerrar el libro el personaje siga contigo, que continúes pensando en Sara y en si realmente la entendiste.

No suelo construir mis novelas alrededor de una sucesión constante de giros. Me interesa más la evolución psicológica del personaje y la tensión que nace de ella, aunque en mi tercera novela estoy experimentando más con ese tipo de herramientas.

¿Cómo trabajaste la atmósfera contenida de la novela: los silencios, las dudas, los gestos pequeños, esa tensión que no explota de golpe, pero va creciendo?

Es precisamente en esas pequeñas cosas donde intento construir la atmósfera de Sara. Para mí los silencios son muy importantes, porque obligan al lector a rellenar los huecos y muchas veces lo que imaginamos en un silencio puede ser más inquietante que lo que se dice explícitamente.

Quería que hubiera una tensión contenida, casi asfixiante, que acompañara a Sara sin necesidad de que todo explotara constantemente.

Y ahí aparece, por ejemplo, el ritual del labial. Lo creé como parte de esa atmósfera, pero también como una forma visual de mostrar su evolución: algo cotidiano, aparentemente insignificante, que va cambiando a medida que ella también empieza a deteriorarse.

¿Tenías claro desde el principio qué era real y qué era una construcción de la mente, o también tú fuiste descubriéndolo mientras escribías?

Soy bastante estructurado a la hora de crear mis historias. Suelo tener claro qué quiero contar, qué es real y hacia dónde va la trama.

Pero también te reconozco que, cuando construyes un personaje tan complejo como Sara y te metes tanto en él, llega un momento en que parece que el personaje empieza a llevarte a ti.

Piensas: “Sara no diría esto” o “Sara no haría esto”, aunque tú ya tuvieras estructurado que debía pasar. Y entonces toca cambiarlo.

Eso me está ocurriendo todavía más con Los rostros de Erika. Erika tiene una construcción de personaje mucho más profunda y ha habido momentos en los que he sentido que la historia ha terminado yendo hacia donde ella quería, no hacia donde yo había previsto

En un thriller psicológico, dosificar la información es fundamental. ¿Qué fue más difícil: ocultar lo suficiente o revelar en el momento justo?

Mi intención no era engañar al lector ocultándole información, sino jugar con cómo interpreta lo que está viendo. De hecho, hay lectores que en los primeros capítulos creen tener claro qué le ocurre a Sara y otros que llegan al final completamente sorprendidos.

Para mí, lo más difícil es sorprender sin hacer trampas. Que cuando el lector termine pueda mirar atrás y pensar: “estaba ahí, pero yo lo interpreté de otra manera”.

Y creo que ese era uno de los grandes retos de Los rostros de Sara: construir una historia que resultara distinta y que jugara con la percepción sin depender únicamente de un giro final.

Sara es una protagonista fuerte, pero también vulnerable. ¿Qué te interesaba más de ella: su fortaleza o su debilidad?

De Sara me interesa precisamente esa mezcla. Me gusta su tozudez y que, pese a todo lo que le ocurre, siga creyendo en sí misma. Lucha por ella y para ella, y aunque a veces tome malas decisiones, son sus decisiones. Eso le da mucha verdad al personaje.

Además, Sara no se permite mostrarse débil delante de los demás. No quiere darles ese poder. Y creo que ahí está una parte importante de su vulnerabilidad: cuanto más intenta aparentar que lo tiene todo bajo control, más sola se queda.

La identidad es uno de los grandes temas del libro. ¿Crees que todos tenemos distintos rostros según el lugar que ocupamos en la sociedad?

Por supuesto. Creo que todos mostramos rostros distintos según el lugar que ocupamos.

Yo, por ejemplo, trabajo en hostelería y ahí tengo que mantener una actitud amable y profesional incluso cuando algún cliente no te trata bien. Ese es uno de mis rostros.

Cuando llego a casa con mis hijos soy otra versión de mí mismo, con otras responsabilidades y otra forma de relacionarme.

Y creo que precisamente ahí está la identidad: no en una sola cara, sino en la suma de todas esas versiones que mostramos según el contexto.

Vienes de escribir artículos, relatos y colaborar en espacios digitales. ¿Qué supuso para ti dar el salto a la narrativa larga?

Fue muy difícil, no te lo voy a negar. Durante mucho tiempo no me veía capaz de sostener una historia tan larga y dudé de mí en bastantes momentos.

Mi pareja fue muy importante ahí, porque hubo etapas en las que sentía que no avanzaba y me ayudó a seguir.

Al final encontré una fórmula que se adaptaba mucho a mi manera de escribir: pensar cada capítulo casi como una historia breve, con su propio pequeño recorrido, pero formando parte de algo mayor. Eso me permitió dar el salto a la narrativa larga sin sentir que estaba intentando abarcarlo todo de golpe.

¿Qué aprendiste escribiendo Los rostros de Sara que no habías aprendido con textos más breves?

Aprendí, sobre todo, la importancia del desarrollo del personaje y del ritmo. En un texto breve puedes apoyarte mucho en una idea o en un impacto concreto, pero en una novela tienes que sostener al personaje durante mucho más tiempo.

Con Sara aprendí a medir mejor el timing: cuándo revelar algo, cuándo hacerla avanzar, cuándo frenarla y cómo llevarla poco a poco hasta el lugar emocional en el que necesitaba que estuviera dentro de la historia.

Creo que ahí entendí que una novela no es solo tener una buena idea, sino saber acompañar al personaje durante todo el recorrido.

¿Cómo es tu método de escritura: planificas mucho antes de empezar o necesitas perderte un poco dentro de la historia?

Tengo mi propio ritual. Me gusta mucho escribir con música acústica, algo tranquilo que no me distraiga pero que amortigüe un poco el sonido exterior. Al final, mientras tú escribes, la vida sigue alrededor y los demás hacen su vida.

En cuanto a la historia, sí soy bastante planificador. Me gusta saber hacia dónde voy y tener una estructura, aunque después los personajes muchas veces me obliguen a desviarme de ella.

Lo que no puedo planificar tanto es cuándo escribir. Tengo dos hijos pequeños y encontrar esos momentos de calma no siempre es fácil, especialmente en verano. Aprovecho mucho las noches o los ratos en los que ellos no están. Al final he aprendido a escribir cuando la vida me deja un hueco, no cuando aparece el momento perfecto.

Los rostros de Sara abre la futura Trilogía de las Identidades Fracturadas, aunque cada novela será independiente. ¿Qué te interesa explorar en esa idea de identidades rotas o realidades subjetivas?

La idea central de la trilogía es una reflexión sobre la verdad. Las tres novelas son completamente independientes y sus personajes no tienen relación entre sí, pero todas avanzan alrededor de una misma pregunta: ¿qué es la verdad cuando nuestra propia mente interviene en cómo interpretamos la realidad?

Con Sara quería explorar a una persona que acaba aceptando como verdadera la realidad que percibe. Su síndrome de Frégoli condiciona lo que ve y, para ella, aquello termina siendo su verdad.

Con Erika doy un paso diferente. A través del síndrome de Otelo y de los celos delirantes, ella no solo interpreta la realidad: construye su propia verdad y empieza a actuar en consecuencia.

Y con Moisés quiero llevar la idea todavía más lejos. Ahí el eje será la culpa, la memoria y la forma en que nos contamos nuestro propio pasado. Moisés llegará a cuestionar incluso que exista una verdad única.

¿Qué recomendación le darías a alguien que se adentra en el mundo de la escritura y sueña con publicar su primera obra?

La paciencia es clave. Empezar en este mundo no es fácil y publicar no depende únicamente de que escribas bien. Hay muchos factores alrededor que no controlas.

Yo, por ejemplo, tengo la idea de intentar publicar una novela al año. Erika, que estoy revisando ahora, me gustaría que pudiera salir en 2027, y Moisés en 2028. Pero eso no significa acelerar una novela simplemente para cumplir una fecha. Prefiero tardar más y sentir que lo que sale es realmente la versión que quiero enseñar.

También he aprendido que una obra tiene que llegar a las manos adecuadas. El mercado está muy saturado y puedes tener una buena novela que simplemente llegue en el momento equivocado o a la persona equivocada.

Por eso tampoco creo demasiado en enviar un manuscrito indiscriminadamente a cien editoriales y agencias. Creo que es mejor estudiar el mercado, saber dónde encaja realmente tu obra y elegir bien las puertas que vas a tocar.

Y, sobre todo, asumir que vas a escuchar muchos “no” sin convertir cada uno de ellos en una sentencia sobre tu capacidad para escribir.

Para terminar, José Manuel: cuando un lector cierre Los rostros de Sara, ¿qué duda te gustaría que se quedara rondándole en la cabeza?

Me gustaría, sobre todo, que se quedara Sara. Que el lector cierre el libro y siga pensando en ella, en lo que le ha pasado y en cómo lo ha vivido.

Que se pregunte cuánto habría confiado él en su propia percepción si hubiera estado en su lugar, y que intente empatizar con ella antes de juzgarla.

También me gustaría que pensara en las historias que existen a su alrededor, en todo lo que muchas veces no vemos de los demás.

Para mí, Los rostros de Sara es un libro que busca dejar preguntas abiertas más que respuestas correctas. Y si al terminar el lector sigue dudando un poco de lo que ha visto y de lo que habría hecho él, entonces la novela ha cumplido su objetivo.