viernes, agosto 21, 2026

REFLEXIONES ENTRE SOMBRAS: Ser uno mismo




Hasta dónde somos capaces de percibir nuestra propia realidad. Hasta dónde somos
capaces de controlarla. Hasta dónde es nuestra. Y hasta dónde pertenece a los demás.

Hay una frase que hemos escuchado tantas veces que casi ha perdido su significado.

Sé tú mismo.

Parece sencillo.

Tres palabras.

Cada una con más peso que la anterior:

Sé. Tú. Mismo.

Como si bastara con mirarse al espejo una mañana para reconocerse y decidir que, a partir de ese momento, uno va a comportarse como realmente desea.

Como si fuera tan fácil quitarse esa máscara bajo la que tantas veces nos sentimos cómodos y descubrir el verdadero yo que se esconde debajo.

Como en un baile veneciano, pero sin música.

Porque muchas veces resulta más cómodo ser quienes los demás esperan que seamos: moldeados por la idea que tienen de nosotros nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros padres, aquellas personas que nos conocen y también aquellas a las que creemos conocer.

Y de ahí surge la pregunta que nos trae hoy aquí:

¿Quién eres realmente cuando no estás intentando agradar a nadie?

Soy Leonardo Jiménez, un escritor entre sombras que tan solo intenta contar su experiencia vital y convertirse en quien siempre quiso ser.

O quizá en quien siempre fue.

Vengo a quitarme la máscara.

Levantemos el telón. Comienza «Reflexiones entre sombras».

Desde que somos pequeños aprendemos a adaptarnos al entorno.

A la familia que nos tocó. A nuestros padres. A nuestros hermanos. Al espacio que debemos compartir con ellos.

Comenzamos una aventura en la que todo aquello que nos rodea nos empuja a tomar decisiones. Y serán esas decisiones, acertadas o equivocadas, las que poco a poco nos modelarán y nos convertirán en quienes seremos en el futuro.

Nos enseñan cuándo debemos hablar y cuándo debemos callarnos.

Qué cosas gustan de nosotros y cuáles incomodan.

Qué comportamientos reciben una sonrisa y cuáles provocan rechazo.

Forma parte del aprendizaje, nos dicen.

Y aprendemos.

En la mayoría de los casos discriminamos aquellos comportamientos que consideramos negativos. En otros los acogemos como parte de nuestra personalidad. Y algunos, sencillamente, terminan dominándonos sin que apenas nos demos cuenta.

Es la esencia de vivir con los demás.

De encajar en la sociedad.

No podemos comportarnos siempre como nos dé la gana y llamar a eso libertad. Vivimos rodeados de personas que merecen nuestro respeto y nuestros actos tienen consecuencias.

Pero existe una frontera muy fina entre aprender a convivir y comenzar a interpretar un personaje.

Y muchas veces ni siquiera sabemos cuándo hemos cruzado esa delgada línea que separa ser nosotros mismos de convertirnos en un personaje secundario dentro de la vida de los demás.

El amigo de.

El hijo de.

La pareja de.

El compañero de.

Hasta que, poco a poco, comenzamos a perder nuestra propia identidad.

Casi todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez caer bien.

Encajar en el puzle.

Formar parte de ese grupo con derecho de admisión en el que parece que hay que ganarse la entrada.

El siguiente paso es intentar no decepcionar.

Después, evitar que alguien a quien apreciamos se enfade con nosotros.

Que no piense mal de lo que hemos dicho o de lo que hemos hecho.

Entonces llegan las explicaciones.

Explicaciones que, muchas veces, ni siquiera tendríamos por qué dar.

Y es ahí cuando podemos comenzar, sin darnos cuenta, a convertirnos en la persona que otros esperan que seamos.

A veces pienso que los escritores tenemos cierta ventaja para reconocerlo.

Pero no es la escritura la que nos da esa lucidez.

Es la vida.

La experiencia.

El error.

La caída.

Tropezar con una piedra. Y con otra. Y con otra.

Y, sobre todo, aprender a levantarnos un poco mejor de como éramos antes de tropezar.

Reconocer cuál fue la piedra para intentar no volver a caer exactamente en el mismo lugar.

Nos pasamos la vida construyendo personajes.

Pensamos qué dirían, cómo actuarían, qué esconden, cuáles son sus anhelos, cuáles sus miedos más profundos y cómo podrían enfrentarse a ellos.

Les construimos una máscara.

Y quizá en la vida hagamos exactamente lo mismo.

Tenemos un personaje para el trabajo.

Otro para nuestra familia.

Otro para nuestros amigos.

Otro para las redes sociales.

Perfiles que se adaptan al entorno para desempeñar el papel que corresponde en cada momento.

¿Y quién nos dice que no tengamos también uno para la persona a la que queremos?

No necesariamente porque mintamos.

Somos seres complejos.

Todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos.

Pero el problema aparece cuando alguna de esas versiones comienza a alejarnos demasiado de quien realmente somos.

Cuando dejamos de preguntarnos qué queremos y empezamos a preguntarnos únicamente qué esperan los demás de nosotros.

Y aquí aparece algo con lo que creo que casi todos hemos tenido que enfrentarnos alguna vez.

La necesidad de agradar.

Hay personas a las que parece no importarles demasiado lo que los demás piensen de ellas.

Otras, en cambio, necesitan sentirse constantemente aceptadas, aprobadas, queridas, reconocidas.

Y en un mundo en el que un «me gusta», una reproducción o un comentario se convierten casi en pequeñas dosis de aprobación, esa necesidad puede transformarse en un arma de doble filo.

A veces aprendemos que para no decepcionar debemos cumplir unas expectativas.

Y para mantener esas expectativas empezamos a ceder.

Primero en cosas pequeñas.

Después en otras que no lo son tanto.

Aceptamos algo que no queremos.

Permitimos comportamientos que nos molestan.

Nos convencemos de que tampoco era para tanto.

De que esa persona es así y debemos aceptarla.

Porque nosotros también tenemos defectos.

Y olvidamos algo importante: aceptar los defectos de alguien no significa aceptar cualquier cosa.

También debemos saber elegir cuándo permanecer, cómo hacerlo y, sobre todo, al lado de quién.

Porque llega un momento en el que hemos cedido tantas cosas que ya no sabemos dónde terminaban los demás y dónde empezábamos nosotros.

Quizá por eso aprender a decir no sea una de las cosas más difíciles que existen.

Porque un «no» a tiempo no es solamente una palabra.

A veces significa asumir que alguien puede enfadarse contigo.

Que puede decepcionarse.

Que puede alejarse.

Y aceptar esa posibilidad requiere algo que no siempre tenemos.

Amor propio.

Pero cuando hablo de amor propio no hablo de colocarnos por encima de los demás.

No hablo del ego.

No hablo de convertir nuestra palabra en un axioma.

Para mí existe una diferencia bastante sencilla.

La egolatría dice:

«Yo soy más importante que los demás».

El amor propio dice:

«Yo también soy importante».

Porque a veces parece que cuidarse para poder querer a los demás fuese egoísmo.

Que poner límites fuese falta de generosidad.

Que elegirnos alguna vez a nosotros mismos significase abandonar a quienes queremos.

Y no.

No se trata de querernos más que a los demás.

Se trata de dejar de querernos menos.

Y quizá una de las mayores dificultades llegue precisamente cuando comenzamos a establecer límites.

Porque algunas personas pueden decirnos:

«Ya no te reconozco».

«Has cambiado».

O incluso:

«Te han cambiado».

Y aparece una de esas frases que todos hemos escuchado alguna vez.

«Antes no eras así».

Es una frase curiosa.

Porque quizá sea verdad.

Quizá antes no eras así.

Quizá antes callabas.

Quizá antes permitías.

Quizá antes tenías miedo.

Cambiar no significa necesariamente dejar de ser uno mismo.

A veces significa justamente lo contrario.

Quitarse la venda de los ojos.

Romper determinadas ataduras.

Descubrir que quizá nunca fuiste exactamente quien pensabas que eras.

También existen frases capaces de desmontarnos:

«Si me quisieras harías esto».

«Eres muy poco empático conmigo».

«Nunca haces nada por mí».

Y ahí comienza una forma de manipulación que puede ser consciente o inconsciente, pero que resulta especialmente poderosa cuando encuentra a alguien que necesita desesperadamente agradar.

Porque cuando tienes miedo de que una persona se marche puedes terminar negociando demasiadas cosas.

Y algunas nunca deberían negociarse.

Pero también existe el extremo contrario.

Otra expresión que hemos escuchado demasiadas veces:

«Yo soy así. Y tienes que aceptarme».

Soy así.

Si no te gusta, es tu problema.

Y entonces parece que todos los que nos rodean deben moldearse alrededor de nuestra manera de ser.

Pero tratar mal a alguien no se justifica diciendo que esa es nuestra personalidad.

La autenticidad no nos libera de nuestras responsabilidades.

Podemos ser nosotros mismos y reconocer que nos equivocamos.

Podemos cambiar de opinión.

Podemos pedir perdón.

Podemos descubrir que una parte de nosotros que creíamos auténtica era sencillamente miedo, orgullo o inseguridad.

Mirar hacia dentro, explorarnos y conocernos puede ayudarnos a convertirnos en mejores personas.

Pero ese paso debemos darlo nosotros.

Nuestra mejor versión quizá siempre haya estado ahí.

El problema es que no podremos reconocerla mientras sigamos cargando con demasiado lastre.

Y resulta curioso que todo esto ocurra en una época en la que nunca se ha hablado tanto de individualidad.

Sé diferente.

Sé único.

Sé auténtico.

Encuentra tu propia voz.

Y, sin embargo, nunca hemos estado tan pendientes de lo que hacen los demás.

Abrimos una red social y alguien nos explica cómo debemos vestir, cómo debemos hablar, qué debemos comer, dónde tenemos que viajar, qué libros deberíamos leer o incluso qué aspecto debe tener nuestra felicidad.

Nos dicen constantemente que debemos ser únicos mientras millones de personas intentamos parecernos a los mismos modelos.

Y si a eso sumamos que vivimos en una sociedad tremendamente polarizada, la ecuación se vuelve todavía más complicada.

Parece que cualquier asunto exige elegir un lado.

Blanco o negro.

Derecha o izquierda.

Bueno o malo.

Conmigo o contra mí.

Como si no existieran matices.

Como si decir «no estoy completamente de acuerdo contigo» fuera una traición.

Y muchas veces terminamos posicionándonos porque hacerlo reafirma nuestra pertenencia a un grupo.

Nos proporciona calor.

Aceptación.

Una sensación de formar parte de algo.

Pero vivir únicamente para satisfacer expectativas ajenas tiene una consecuencia.

Quizá consigamos la aprobación.

Quizá muchas personas estén satisfechas con nosotros.

Quizá recibamos su aplauso.

Pero ese reconocimiento puede desaparecer exactamente en el momento en el que decidamos enfrentarnos a sus expectativas y comenzar a ser nosotros mismos.

Y ahí aparece la pregunta que me parece más incómoda de todas.

Tan incómoda como necesaria.

¿Cuántas decisiones habéis tomado realmente vosotros y cuántas habéis tomado para no decepcionar a alguien?

Yo no soy capaz de darte una respuesta.

¿Vosotros sí?

Probablemente nadie pueda responderla del todo.

Pero creo que merece la pena hacerse esa pregunta alguna vez.

Porque nuestra respuesta no significa querer menos a los demás.

Necesitamos a las personas que queremos.

Necesitamos amor.

Amistad.

Cariño.

Compañía.

Necesitamos pertenecer.

Pero existe una diferencia abismal entre necesitar a otras personas y necesitar convertirnos en otra persona para que esas personas nos quieran.

Porque, al final, llegará el momento en el que el telón que hemos levantado al comenzar este episodio vuelva a bajar.

Las luces se apagarán.

Volveremos del trabajo.

Prepararemos la cena.

Dejaremos el teléfono a un lado.

La habitación quedará en silencio.

Y solo quedará una persona.

Nosotros.

Quizá entonces la pregunta no sea si los demás están cómodos con esa persona.

La pregunta será:

¿Lo estamos nosotros?

¿Nos sentimos orgullosos de quiénes somos?

¿De en quiénes nos hemos convertido?

Con el paso de los años cambiamos.

Nos equivocamos.

Aprendemos.

Nos reconstruimos.

Algunas personas se bajan de nuestra vida y llegan otras.

Cada una deja algo.

Cada experiencia modifica una pequeña parte de nosotros.

Y quizá para aceptar ese crecimiento debamos entender que la vida no consiste solamente en sumar.

También consiste en restar.

Restar expectativas.

Personajes.

Miedos.

Versiones de nosotros mismos construidas únicamente para agradar.

Ir retirando, una a una, todas esas capas.

Despojarnos de la máscara.

Y descubrir qué había debajo.

Quizá sea precisamente ahí…

cuando el telón haya bajado y las luces se hayan apagado…

entre sombras…

donde empecemos por fin a reconocernos.

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