miércoles, agosto 19, 2026

Hoy charlamos con José Manuel Azorín, escritor de thriller psicológico

Hoy nos acompaña José Manuel Azorín, autor de Los rostros de Sara, una novela que se adentra en ese territorio incómodo donde ya no sabemos si lo que vemos pertenece al mundo real o a una herida de la mente.

Azorín debuta en la narrativa larga con un thriller psicológico protagonizado por Sara Montalbán, una mujer poderosa, brillante, situada en lo alto de una gran farmacéutica internacional, que empieza a descubrir que los rostros de quienes la rodean ya no parecen los mismos. Su marido, sus compañeros, su reflejo, incluso su propia identidad, comienzan a volverse sospechosos.

Pero Los rostros de Sara no busca solo el golpe de efecto ni el giro fácil. Quiere entrar en la fragilidad de la percepción, en la paranoia, en la culpa, en el poder corporativo y en esa pregunta que nos desarma: ¿podemos confiar del todo en nuestra mente?

Hoy hablaremos con José Manuel Azorín de escritura, de miedo psicológico, de identidad, de realidad subjetiva y de cómo se construye una novela donde cada certeza se va rompiendo poco a poco.

Bienvenido, José Manuel Azorín.

José Manuel, Los rostros de Sara parte de una pregunta muy inquietante: ¿cuánto de lo que vemos es real y cuánto lo proyecta nuestra propia mente? ¿Esa fue la semilla inicial de la novela?

Buenas tardes, Leo. Lo primero, agradecerte la invitación a Mi experiencia como escritor. Es un verdadero placer compartir este tiempo contigo.

Y sí, esa pregunta está muy presente en el origen de la novela, aunque yo añadiría otra palabra: empatía. Porque muchas veces lo que creemos ver en los demás no es necesariamente lo que son, sino la interpretación que hacemos de ellos. Cada persona tiene una historia, unas razones para actuar como actúa, y tendemos a juzgar sin preguntarnos qué hay detrás. Esa idea de que nuestra percepción puede engañarnos fue una de las cosas que me llevó a empezar a construir a Sara.

Sara Montalbán parece tenerlo todo: poder, prestigio, carrera brillante y una familia aparentemente perfecta. ¿Por qué te interesaba empezar desde una vida que, por fuera, parece tan controlada?

Porque me interesaba precisamente romper esa sensación de control. Sara es una mujer poderosa, preparada, acostumbrada a tomar decisiones y a tener su vida aparentemente bajo control. Y, sin embargo, un trastorno de este tipo no entiende de posición social, éxito o prestigio.

Eso me parecía muy potente narrativamente: demostrar que incluso alguien que desde fuera parece tenerlo todo puede empezar a perder la seguridad sobre aquello que ve y sobre las personas que la rodean. Y además, a través de Sara, también quería jugar con otra idea: que todos mostramos una cara al mundo, pero eso no significa que sea la única que tenemos.

¿Qué te atrae del thriller psicológico frente a otros géneros?

Me atrae porque da muchísimo juego sin necesitar grandes artificios. El conflicto puede estar dentro del propio personaje y, para mí, eso puede ser mucho más inquietante que cualquier amenaza externa.

Me gusta poder colocar al lector en la piel del protagonista. En Los rostros de Sara prácticamente todo lo percibimos desde su perspectiva, así que cuando ella empieza a dudar de lo que ve, el lector también duda. Luchamos con Sara, pero al mismo tiempo empezamos a preguntarnos si podemos confiar en ella.

Y eso es probablemente lo que más me interesa del thriller psicológico: que la mente del protagonista pueda convertirse también en parte del misterio.

La novela juega con la paranoia, la sospecha y la percepción contradictoria. ¿Cómo se escribe desde una mente que empieza a desconfiar de todo lo que le rodea?

Para escribirla tuve que intentar ponerme de verdad en el lugar de Sara. Y no fue fácil, porque es un personaje que vive en un estado de sospecha constante.

Tuve que meterme en una forma de pensar muy distinta a la mía: cuestionar gestos, conversaciones, silencios… cosas que normalmente no analizaría de esa manera.

Eso me obligó a mirar el mundo desde una percepción mucho más inestable, y para mí fue un aprendizaje enorme como escritor.

Sara empieza a ver amenaza en su marido, en sus compañeros y hasta en su propio reflejo. ¿Qué representa para ti esa pérdida de familiaridad con los rostros conocidos?

Representa el miedo y, sobre todo, la ruptura de tu red de seguridad. Imagínate no poder confiar en nadie de tu entorno, sentir que incluso las personas que deberían darte calma pueden ser una amenaza. Es inquietante solo pensarlo.

Y creo que, cuando Sara empieza a romper con su círculo, también empieza a romper consigo misma, porque deja de tener puntos de referencia que le confirmen qué es real y qué no.

En la historia hay una gran farmacéutica internacional como escenario de poder. ¿Por qué elegiste ese entorno corporativo para colocar la fractura psicológica de la protagonista?

Elegí una gran farmacéutica por dos razones: poder y sanidad.

Por un lado, Sara alcanza al principio de la novela una posición de muchísimo poder, y esa responsabilidad funciona muy bien para intensificar la presión que empieza a sentir.

Y, por otro, está la parte sanitaria. Sus decisiones no afectan solo a balances o accionistas: pueden afectar a la vida de muchas personas. Eso hace que sus momentos de duda o inestabilidad tengan consecuencias que van mucho más allá de ella misma.

Me interesaba precisamente eso: colocar una grieta íntima en un lugar donde cada decisión puede tener un impacto enorme..

¿Te interesaba mostrar que la presión externa, la ambición y el éxito también pueden convertirse en formas de encierro?

Sí, y me encanta que lo hayas notado. Sara pasa por muchas fases a lo largo de la novela, pero casi todas avanzan en una misma dirección: la soledad.

Cuanto más poder tiene y más importantes son las decisiones que debe tomar, mayor es también la presión. Y cuando además empieza a desconfiar de su propia percepción, va perdiendo uno a uno sus puntos de apoyo. Llega un momento en el que siente que solo puede confiar en sí misma… precisamente cuando tampoco está segura de poder hacerlo.

Tu novela parece centrarse menos en el giro espectacular y más en la experiencia emocional del lector. ¿Buscabas que quien leyera no solo entendiera la paranoia de Sara, sino que la sintiera?

Sí. Es una forma de escribir que me interesa mucho. Me gusta construir un personaje fuerte, meterme dentro de él y acompañarlo hasta el final. Intento desarrollarlo de manera que el lector no solo comprenda sus decisiones, sino que llegue a sentir que, teniendo en cuenta todo lo que ha vivido, ese desenlace es emocionalmente coherente, casi inevitable.

Y me gusta que al cerrar el libro el personaje siga contigo, que continúes pensando en Sara y en si realmente la entendiste.

No suelo construir mis novelas alrededor de una sucesión constante de giros. Me interesa más la evolución psicológica del personaje y la tensión que nace de ella, aunque en mi tercera novela estoy experimentando más con ese tipo de herramientas.

¿Cómo trabajaste la atmósfera contenida de la novela: los silencios, las dudas, los gestos pequeños, esa tensión que no explota de golpe, pero va creciendo?

Es precisamente en esas pequeñas cosas donde intento construir la atmósfera de Sara. Para mí los silencios son muy importantes, porque obligan al lector a rellenar los huecos y muchas veces lo que imaginamos en un silencio puede ser más inquietante que lo que se dice explícitamente.

Quería que hubiera una tensión contenida, casi asfixiante, que acompañara a Sara sin necesidad de que todo explotara constantemente.

Y ahí aparece, por ejemplo, el ritual del labial. Lo creé como parte de esa atmósfera, pero también como una forma visual de mostrar su evolución: algo cotidiano, aparentemente insignificante, que va cambiando a medida que ella también empieza a deteriorarse.

¿Tenías claro desde el principio qué era real y qué era una construcción de la mente, o también tú fuiste descubriéndolo mientras escribías?

Soy bastante estructurado a la hora de crear mis historias. Suelo tener claro qué quiero contar, qué es real y hacia dónde va la trama.

Pero también te reconozco que, cuando construyes un personaje tan complejo como Sara y te metes tanto en él, llega un momento en que parece que el personaje empieza a llevarte a ti.

Piensas: “Sara no diría esto” o “Sara no haría esto”, aunque tú ya tuvieras estructurado que debía pasar. Y entonces toca cambiarlo.

Eso me está ocurriendo todavía más con Los rostros de Erika. Erika tiene una construcción de personaje mucho más profunda y ha habido momentos en los que he sentido que la historia ha terminado yendo hacia donde ella quería, no hacia donde yo había previsto

En un thriller psicológico, dosificar la información es fundamental. ¿Qué fue más difícil: ocultar lo suficiente o revelar en el momento justo?

Mi intención no era engañar al lector ocultándole información, sino jugar con cómo interpreta lo que está viendo. De hecho, hay lectores que en los primeros capítulos creen tener claro qué le ocurre a Sara y otros que llegan al final completamente sorprendidos.

Para mí, lo más difícil es sorprender sin hacer trampas. Que cuando el lector termine pueda mirar atrás y pensar: “estaba ahí, pero yo lo interpreté de otra manera”.

Y creo que ese era uno de los grandes retos de Los rostros de Sara: construir una historia que resultara distinta y que jugara con la percepción sin depender únicamente de un giro final.

Sara es una protagonista fuerte, pero también vulnerable. ¿Qué te interesaba más de ella: su fortaleza o su debilidad?

De Sara me interesa precisamente esa mezcla. Me gusta su tozudez y que, pese a todo lo que le ocurre, siga creyendo en sí misma. Lucha por ella y para ella, y aunque a veces tome malas decisiones, son sus decisiones. Eso le da mucha verdad al personaje.

Además, Sara no se permite mostrarse débil delante de los demás. No quiere darles ese poder. Y creo que ahí está una parte importante de su vulnerabilidad: cuanto más intenta aparentar que lo tiene todo bajo control, más sola se queda.

La identidad es uno de los grandes temas del libro. ¿Crees que todos tenemos distintos rostros según el lugar que ocupamos en la sociedad?

Por supuesto. Creo que todos mostramos rostros distintos según el lugar que ocupamos.

Yo, por ejemplo, trabajo en hostelería y ahí tengo que mantener una actitud amable y profesional incluso cuando algún cliente no te trata bien. Ese es uno de mis rostros.

Cuando llego a casa con mis hijos soy otra versión de mí mismo, con otras responsabilidades y otra forma de relacionarme.

Y creo que precisamente ahí está la identidad: no en una sola cara, sino en la suma de todas esas versiones que mostramos según el contexto.

Vienes de escribir artículos, relatos y colaborar en espacios digitales. ¿Qué supuso para ti dar el salto a la narrativa larga?

Fue muy difícil, no te lo voy a negar. Durante mucho tiempo no me veía capaz de sostener una historia tan larga y dudé de mí en bastantes momentos.

Mi pareja fue muy importante ahí, porque hubo etapas en las que sentía que no avanzaba y me ayudó a seguir.

Al final encontré una fórmula que se adaptaba mucho a mi manera de escribir: pensar cada capítulo casi como una historia breve, con su propio pequeño recorrido, pero formando parte de algo mayor. Eso me permitió dar el salto a la narrativa larga sin sentir que estaba intentando abarcarlo todo de golpe.

¿Qué aprendiste escribiendo Los rostros de Sara que no habías aprendido con textos más breves?

Aprendí, sobre todo, la importancia del desarrollo del personaje y del ritmo. En un texto breve puedes apoyarte mucho en una idea o en un impacto concreto, pero en una novela tienes que sostener al personaje durante mucho más tiempo.

Con Sara aprendí a medir mejor el timing: cuándo revelar algo, cuándo hacerla avanzar, cuándo frenarla y cómo llevarla poco a poco hasta el lugar emocional en el que necesitaba que estuviera dentro de la historia.

Creo que ahí entendí que una novela no es solo tener una buena idea, sino saber acompañar al personaje durante todo el recorrido.

¿Cómo es tu método de escritura: planificas mucho antes de empezar o necesitas perderte un poco dentro de la historia?

Tengo mi propio ritual. Me gusta mucho escribir con música acústica, algo tranquilo que no me distraiga pero que amortigüe un poco el sonido exterior. Al final, mientras tú escribes, la vida sigue alrededor y los demás hacen su vida.

En cuanto a la historia, sí soy bastante planificador. Me gusta saber hacia dónde voy y tener una estructura, aunque después los personajes muchas veces me obliguen a desviarme de ella.

Lo que no puedo planificar tanto es cuándo escribir. Tengo dos hijos pequeños y encontrar esos momentos de calma no siempre es fácil, especialmente en verano. Aprovecho mucho las noches o los ratos en los que ellos no están. Al final he aprendido a escribir cuando la vida me deja un hueco, no cuando aparece el momento perfecto.

Los rostros de Sara abre la futura Trilogía de las Identidades Fracturadas, aunque cada novela será independiente. ¿Qué te interesa explorar en esa idea de identidades rotas o realidades subjetivas?

La idea central de la trilogía es una reflexión sobre la verdad. Las tres novelas son completamente independientes y sus personajes no tienen relación entre sí, pero todas avanzan alrededor de una misma pregunta: ¿qué es la verdad cuando nuestra propia mente interviene en cómo interpretamos la realidad?

Con Sara quería explorar a una persona que acaba aceptando como verdadera la realidad que percibe. Su síndrome de Frégoli condiciona lo que ve y, para ella, aquello termina siendo su verdad.

Con Erika doy un paso diferente. A través del síndrome de Otelo y de los celos delirantes, ella no solo interpreta la realidad: construye su propia verdad y empieza a actuar en consecuencia.

Y con Moisés quiero llevar la idea todavía más lejos. Ahí el eje será la culpa, la memoria y la forma en que nos contamos nuestro propio pasado. Moisés llegará a cuestionar incluso que exista una verdad única.

¿Qué recomendación le darías a alguien que se adentra en el mundo de la escritura y sueña con publicar su primera obra?

La paciencia es clave. Empezar en este mundo no es fácil y publicar no depende únicamente de que escribas bien. Hay muchos factores alrededor que no controlas.

Yo, por ejemplo, tengo la idea de intentar publicar una novela al año. Erika, que estoy revisando ahora, me gustaría que pudiera salir en 2027, y Moisés en 2028. Pero eso no significa acelerar una novela simplemente para cumplir una fecha. Prefiero tardar más y sentir que lo que sale es realmente la versión que quiero enseñar.

También he aprendido que una obra tiene que llegar a las manos adecuadas. El mercado está muy saturado y puedes tener una buena novela que simplemente llegue en el momento equivocado o a la persona equivocada.

Por eso tampoco creo demasiado en enviar un manuscrito indiscriminadamente a cien editoriales y agencias. Creo que es mejor estudiar el mercado, saber dónde encaja realmente tu obra y elegir bien las puertas que vas a tocar.

Y, sobre todo, asumir que vas a escuchar muchos “no” sin convertir cada uno de ellos en una sentencia sobre tu capacidad para escribir.

Para terminar, José Manuel: cuando un lector cierre Los rostros de Sara, ¿qué duda te gustaría que se quedara rondándole en la cabeza?

Me gustaría, sobre todo, que se quedara Sara. Que el lector cierre el libro y siga pensando en ella, en lo que le ha pasado y en cómo lo ha vivido.

Que se pregunte cuánto habría confiado él en su propia percepción si hubiera estado en su lugar, y que intente empatizar con ella antes de juzgarla.

También me gustaría que pensara en las historias que existen a su alrededor, en todo lo que muchas veces no vemos de los demás.

Para mí, Los rostros de Sara es un libro que busca dejar preguntas abiertas más que respuestas correctas. Y si al terminar el lector sigue dudando un poco de lo que ha visto y de lo que habría hecho él, entonces la novela ha cumplido su objetivo.

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