Hoy nos acompaña José Manuel Azorín, autor de Los rostros de Sara, una novela que se adentra en ese territorio incómodo donde ya no sabemos si lo que vemos pertenece al mundo real o a una herida de la mente.
Azorín debuta en la narrativa larga con un thriller
psicológico protagonizado por Sara Montalbán, una mujer poderosa, brillante,
situada en lo alto de una gran farmacéutica internacional, que empieza a
descubrir que los rostros de quienes la rodean ya no parecen los mismos. Su
marido, sus compañeros, su reflejo, incluso su propia identidad, comienzan a
volverse sospechosos.
Pero Los
rostros de Sara no busca solo el golpe de efecto ni el giro fácil.
Quiere entrar en la fragilidad de la percepción, en la paranoia, en la culpa,
en el poder corporativo y en esa pregunta que nos desarma: ¿podemos confiar del
todo en nuestra mente?
Hoy hablaremos con José Manuel Azorín de escritura, de
miedo psicológico, de identidad, de realidad subjetiva y de cómo se construye
una novela donde cada certeza se va rompiendo poco a poco.
Bienvenido, José Manuel Azorín.
José Manuel, Los rostros de Sara
parte de una pregunta muy inquietante: ¿cuánto de lo que vemos es real y cuánto
lo proyecta nuestra propia mente? ¿Esa fue la semilla inicial de la novela?
Buenas tardes, Leo. Lo primero, agradecerte la invitación a
Mi experiencia como escritor. Es un verdadero placer compartir este tiempo
contigo.
Y sí, esa pregunta está muy presente en el origen de la
novela, aunque yo añadiría otra palabra: empatía. Porque muchas veces lo que
creemos ver en los demás no es necesariamente lo que son, sino la
interpretación que hacemos de ellos. Cada persona tiene una historia, unas
razones para actuar como actúa, y tendemos a juzgar sin preguntarnos qué hay
detrás. Esa idea de que nuestra percepción puede engañarnos fue una de las
cosas que me llevó a empezar a construir a Sara.
Sara Montalbán parece tenerlo todo:
poder, prestigio, carrera brillante y una familia aparentemente perfecta. ¿Por
qué te interesaba empezar desde una vida que, por fuera, parece tan controlada?
Porque me interesaba precisamente romper esa sensación de
control. Sara es una mujer poderosa, preparada, acostumbrada a tomar decisiones
y a tener su vida aparentemente bajo control. Y, sin embargo, un trastorno de
este tipo no entiende de posición social, éxito o prestigio.
Eso me parecía muy potente narrativamente: demostrar que
incluso alguien que desde fuera parece tenerlo todo puede empezar a perder la
seguridad sobre aquello que ve y sobre las personas que la rodean. Y además, a
través de Sara, también quería jugar con otra idea: que todos mostramos una
cara al mundo, pero eso no significa que sea la única que tenemos.
¿Qué te atrae del thriller psicológico
frente a otros géneros?
Me atrae porque da muchísimo juego sin necesitar grandes
artificios. El conflicto puede estar dentro del propio personaje y, para mí,
eso puede ser mucho más inquietante que cualquier amenaza externa.
Me gusta poder colocar al lector en la piel del
protagonista. En Los rostros de Sara prácticamente todo lo percibimos desde su
perspectiva, así que cuando ella empieza a dudar de lo que ve, el lector
también duda. Luchamos con Sara, pero al mismo tiempo empezamos a preguntarnos
si podemos confiar en ella.
Y eso es probablemente lo que más me interesa del thriller
psicológico: que la mente del protagonista pueda convertirse también en parte
del misterio.
La novela juega con la paranoia, la
sospecha y la percepción contradictoria. ¿Cómo se escribe desde una mente que
empieza a desconfiar de todo lo que le rodea?
Para escribirla tuve que intentar ponerme de verdad en el
lugar de Sara. Y no fue fácil, porque es un personaje que vive en un estado de
sospecha constante.
Tuve que meterme en una forma de pensar muy distinta a la
mía: cuestionar gestos, conversaciones, silencios… cosas que normalmente no
analizaría de esa manera.
Eso me obligó a mirar el mundo desde una percepción mucho
más inestable, y para mí fue un aprendizaje enorme como escritor.
Sara empieza a ver amenaza en su marido,
en sus compañeros y hasta en su propio reflejo. ¿Qué representa para ti esa
pérdida de familiaridad con los rostros conocidos?
Representa el miedo y, sobre todo, la ruptura de tu red de
seguridad. Imagínate no poder confiar en nadie de tu entorno, sentir que
incluso las personas que deberían darte calma pueden ser una amenaza. Es
inquietante solo pensarlo.
Y creo que, cuando Sara empieza a romper con su círculo,
también empieza a romper consigo misma, porque deja de tener puntos de
referencia que le confirmen qué es real y qué no.
En la historia hay una gran farmacéutica
internacional como escenario de poder. ¿Por qué elegiste ese entorno
corporativo para colocar la fractura psicológica de la protagonista?
Elegí una gran farmacéutica por dos razones: poder y
sanidad.
Por un lado, Sara alcanza al principio de la novela una
posición de muchísimo poder, y esa responsabilidad funciona muy bien para
intensificar la presión que empieza a sentir.
Y, por otro, está la parte sanitaria. Sus decisiones no
afectan solo a balances o accionistas: pueden afectar a la vida de muchas
personas. Eso hace que sus momentos de duda o inestabilidad tengan
consecuencias que van mucho más allá de ella misma.
Me interesaba precisamente eso: colocar una grieta íntima
en un lugar donde cada decisión puede tener un impacto enorme..
¿Te interesaba mostrar que la presión
externa, la ambición y el éxito también pueden convertirse en formas de
encierro?
Sí, y me encanta que lo hayas notado. Sara pasa por muchas
fases a lo largo de la novela, pero casi todas avanzan en una misma dirección:
la soledad.
Cuanto más poder tiene y más importantes son las decisiones
que debe tomar, mayor es también la presión. Y cuando además empieza a
desconfiar de su propia percepción, va perdiendo uno a uno sus puntos de apoyo.
Llega un momento en el que siente que solo puede confiar en sí misma…
precisamente cuando tampoco está segura de poder hacerlo.
Tu novela parece centrarse menos en el giro espectacular y más en la experiencia emocional del lector. ¿Buscabas que quien leyera no solo entendiera la paranoia de Sara, sino que la sintiera?
Sí. Es una forma de escribir que me interesa mucho. Me
gusta construir un personaje fuerte, meterme dentro de él y acompañarlo hasta
el final. Intento desarrollarlo de manera que el lector no solo comprenda sus
decisiones, sino que llegue a sentir que, teniendo en cuenta todo lo que ha
vivido, ese desenlace es emocionalmente coherente, casi inevitable.
Y me gusta que al cerrar el libro el personaje siga
contigo, que continúes pensando en Sara y en si realmente la entendiste.
No suelo construir mis novelas alrededor de una sucesión
constante de giros. Me interesa más la evolución psicológica del personaje y la
tensión que nace de ella, aunque en mi tercera novela estoy experimentando más
con ese tipo de herramientas.
¿Cómo trabajaste la atmósfera contenida
de la novela: los silencios, las dudas, los gestos pequeños, esa tensión que no
explota de golpe, pero va creciendo?
Es precisamente en esas pequeñas cosas donde intento
construir la atmósfera de Sara. Para mí los silencios son muy importantes,
porque obligan al lector a rellenar los huecos y muchas veces lo que imaginamos
en un silencio puede ser más inquietante que lo que se dice explícitamente.
Quería que hubiera una tensión contenida, casi asfixiante,
que acompañara a Sara sin necesidad de que todo explotara constantemente.
Y ahí aparece, por ejemplo, el ritual del labial. Lo creé
como parte de esa atmósfera, pero también como una forma visual de mostrar su
evolución: algo cotidiano, aparentemente insignificante, que va cambiando a
medida que ella también empieza a deteriorarse.
¿Tenías claro desde el principio qué era
real y qué era una construcción de la mente, o también tú fuiste descubriéndolo
mientras escribías?
Soy bastante estructurado a la hora de crear mis historias.
Suelo tener claro qué quiero contar, qué es real y hacia dónde va la trama.
Pero también te reconozco que, cuando construyes un
personaje tan complejo como Sara y te metes tanto en él, llega un momento en
que parece que el personaje empieza a llevarte a ti.
Piensas: “Sara no diría esto” o “Sara no haría esto”,
aunque tú ya tuvieras estructurado que debía pasar. Y entonces toca cambiarlo.
Eso me está ocurriendo todavía más con Los rostros de
Erika. Erika tiene una construcción de personaje mucho más profunda y ha habido
momentos en los que he sentido que la historia ha terminado yendo hacia donde
ella quería, no hacia donde yo había previsto
En un thriller psicológico, dosificar la
información es fundamental. ¿Qué fue más difícil: ocultar lo suficiente o
revelar en el momento justo?
Mi intención no era engañar al lector ocultándole
información, sino jugar con cómo interpreta lo que está viendo. De hecho, hay
lectores que en los primeros capítulos creen tener claro qué le ocurre a Sara y
otros que llegan al final completamente sorprendidos.
Para mí, lo más difícil es sorprender sin hacer trampas.
Que cuando el lector termine pueda mirar atrás y pensar: “estaba ahí, pero yo
lo interpreté de otra manera”.
Y creo que ese era uno de los grandes retos de Los rostros
de Sara: construir una historia que resultara distinta y que jugara con la
percepción sin depender únicamente de un giro final.
Sara es una protagonista fuerte, pero
también vulnerable. ¿Qué te interesaba más de ella: su fortaleza o su
debilidad?
De Sara me interesa precisamente esa mezcla. Me gusta su
tozudez y que, pese a todo lo que le ocurre, siga creyendo en sí misma. Lucha
por ella y para ella, y aunque a veces tome malas decisiones, son sus
decisiones. Eso le da mucha verdad al personaje.
Además, Sara no se permite mostrarse débil delante de los
demás. No quiere darles ese poder. Y creo que ahí está una parte importante de
su vulnerabilidad: cuanto más intenta aparentar que lo tiene todo bajo control,
más sola se queda.
La identidad es uno de los grandes temas
del libro. ¿Crees que todos tenemos distintos rostros según el lugar que
ocupamos en la sociedad?
Por supuesto. Creo que todos mostramos rostros distintos
según el lugar que ocupamos.
Yo, por ejemplo, trabajo en hostelería y ahí tengo que
mantener una actitud amable y profesional incluso cuando algún cliente no te
trata bien. Ese es uno de mis rostros.
Cuando llego a casa con mis hijos soy otra versión de mí
mismo, con otras responsabilidades y otra forma de relacionarme.
Y creo que precisamente ahí está la identidad: no en una
sola cara, sino en la suma de todas esas versiones que mostramos según el
contexto.
Vienes de escribir artículos, relatos y
colaborar en espacios digitales. ¿Qué supuso para ti dar el salto a la
narrativa larga?
Fue muy difícil, no te lo voy a negar. Durante mucho tiempo
no me veía capaz de sostener una historia tan larga y dudé de mí en bastantes
momentos.
Mi pareja fue muy importante ahí, porque hubo etapas en las
que sentía que no avanzaba y me ayudó a seguir.
Al final encontré una fórmula que se adaptaba mucho a mi
manera de escribir: pensar cada capítulo casi como una historia breve, con su
propio pequeño recorrido, pero formando parte de algo mayor. Eso me permitió
dar el salto a la narrativa larga sin sentir que estaba intentando abarcarlo
todo de golpe.
¿Qué aprendiste escribiendo Los
rostros de Sara que no habías aprendido con textos más breves?
Aprendí, sobre todo, la importancia del desarrollo del
personaje y del ritmo. En un texto breve puedes apoyarte mucho en una idea o en
un impacto concreto, pero en una novela tienes que sostener al personaje
durante mucho más tiempo.
Con Sara aprendí a medir mejor el timing: cuándo revelar
algo, cuándo hacerla avanzar, cuándo frenarla y cómo llevarla poco a poco hasta
el lugar emocional en el que necesitaba que estuviera dentro de la historia.
Creo que ahí entendí que una novela no es solo tener una
buena idea, sino saber acompañar al personaje durante todo el recorrido.
¿Cómo es tu método de escritura:
planificas mucho antes de empezar o necesitas perderte un poco dentro de la
historia?
Tengo mi propio ritual. Me gusta mucho escribir con música
acústica, algo tranquilo que no me distraiga pero que amortigüe un poco el
sonido exterior. Al final, mientras tú escribes, la vida sigue alrededor y los
demás hacen su vida.
En cuanto a la historia, sí soy bastante planificador. Me
gusta saber hacia dónde voy y tener una estructura, aunque después los
personajes muchas veces me obliguen a desviarme de ella.
Lo que no puedo planificar tanto es cuándo escribir. Tengo
dos hijos pequeños y encontrar esos momentos de calma no siempre es fácil,
especialmente en verano. Aprovecho mucho las noches o los ratos en los que
ellos no están. Al final he aprendido a escribir cuando la vida me deja un
hueco, no cuando aparece el momento perfecto.
Los rostros de Sara abre la futura Trilogía de las Identidades Fracturadas,
aunque cada novela será independiente. ¿Qué te interesa explorar en esa idea de
identidades rotas o realidades subjetivas?
La idea central de la trilogía es una reflexión sobre la
verdad. Las tres novelas son completamente independientes y sus personajes no
tienen relación entre sí, pero todas avanzan alrededor de una misma pregunta:
¿qué es la verdad cuando nuestra propia mente interviene en cómo interpretamos
la realidad?
Con Sara quería explorar a una persona que acaba aceptando
como verdadera la realidad que percibe. Su síndrome de Frégoli condiciona lo
que ve y, para ella, aquello termina siendo su verdad.
Con Erika doy un paso diferente. A través del síndrome de
Otelo y de los celos delirantes, ella no solo interpreta la realidad: construye
su propia verdad y empieza a actuar en consecuencia.
Y con Moisés quiero llevar la idea todavía más lejos. Ahí
el eje será la culpa, la memoria y la forma en que nos contamos nuestro propio
pasado. Moisés llegará a cuestionar incluso que exista una verdad única.
¿Qué recomendación le darías a alguien que se adentra en el
mundo de la escritura y sueña con publicar su primera obra?
La paciencia es clave. Empezar en este mundo no es fácil y
publicar no depende únicamente de que escribas bien. Hay muchos factores
alrededor que no controlas.
Yo, por ejemplo, tengo la idea de intentar publicar una
novela al año. Erika, que estoy revisando ahora, me gustaría que pudiera salir
en 2027, y Moisés en 2028. Pero eso no significa acelerar una novela
simplemente para cumplir una fecha. Prefiero tardar más y sentir que lo que
sale es realmente la versión que quiero enseñar.
También he aprendido que una obra tiene que llegar a las
manos adecuadas. El mercado está muy saturado y puedes tener una buena novela
que simplemente llegue en el momento equivocado o a la persona equivocada.
Por eso tampoco creo demasiado en enviar un manuscrito
indiscriminadamente a cien editoriales y agencias. Creo que es mejor estudiar
el mercado, saber dónde encaja realmente tu obra y elegir bien las puertas que
vas a tocar.
Y, sobre todo, asumir que vas a escuchar muchos “no” sin
convertir cada uno de ellos en una sentencia sobre tu capacidad para escribir.
Para terminar, José Manuel: cuando un
lector cierre Los rostros de Sara, ¿qué duda te gustaría que se quedara
rondándole en la cabeza?
Me gustaría, sobre todo, que se quedara Sara. Que
el lector cierre el libro y siga pensando en ella, en lo que le ha pasado y en
cómo lo ha vivido.
Que se pregunte cuánto habría confiado él en su
propia percepción si hubiera estado en su lugar, y que intente empatizar con
ella antes de juzgarla.
También me gustaría que pensara en las historias
que existen a su alrededor, en todo lo que muchas veces no vemos de los demás.
Para mí, Los rostros de Sara es un libro que
busca dejar preguntas abiertas más que respuestas correctas. Y si al terminar
el lector sigue dudando un poco de lo que ha visto y de lo que habría hecho él,
entonces la novela ha cumplido su objetivo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario