Autora: Lyra Blackthorn
Editorial: Faro de Tinta
Año de edición: 2025
Número de páginas: 164
Sinopsis:
No eras mi final es una batalla a oscuras: un pulso entre Lyra Blackthorn y su propio demonio.
Treinta noches. No como cifra, sino como condena. No eras mi final recorre las treinta primeras noches de una depresión desde dentro: sin metáforas amables, sin "todo pasa" enmarcado, sin maquillaje emocional. Lyra Blackthorn escribe la oscuridad como se vive: con rabia, con cansancio, con esa lucidez cruel que llega cuando ya no queda energía para fingir.
Cada poema es una habitación distinta: insomnio, culpa, vacío, aislamiento, hambre de silencio, miedo a uno mismo. A ratos es un grito, a ratos un susurro; a ratos una plegaria rota. Pero siempre hay algo que late debajo del derrumbe: la resistencia mínima, la chispa tozuda de seguir aquí cuando todo en la cabeza insiste en lo contrario.
Este libro no romantiza la tristeza: la expone. Y al exponerla, la vuelve tangible. Porque lo que se nombra, deja de devorarte en secreto.
Mi opinión:
María J. Mateos Selma, bajo el pseudónimo de Lyra Blackthorn, se desnuda emocionalmente en este poemario y deja al descubierto algunas de las regiones más íntimas de su corazón y de su alma. Con un estilo crudo, punzante y unos versos cargados de simbología, la autora nos introduce en la lucha contra ese demonio interior que amenaza con devorarnos desde dentro. Una batalla profundamente personal que, sin embargo, trasciende lo autobiográfico para convertirse en reflejo de tantas vidas marcadas por el dolor, la pérdida y las heridas invisibles, cuyos lectores podrán reconocerse inevitablemente entre sus páginas.
La autora se embarca así en una aventura introspectiva en la que la exploración de sí misma se convierte en el núcleo vertebrador de la obra. El silencio, el miedo, la ausencia, la culpa o la soledad aparecen como estaciones de un viaje que comienza en la oscuridad y avanza hacia la búsqueda de una luz que, aunque en determinados momentos podamos creer extinguida, quizá nunca haya desaparecido por completo.
Porque esa luz no señala necesariamente un destino definitivo. Es, más bien, una guía hacia lo desconocido; el comienzo de una transformación que no representa el final del camino, sino la reconstrucción de uno mismo, el renacimiento después de haber ardido en nuestras propias cenizas. Un periplo valiente en el que Lyra Blackthorn se enfrenta a las sombras de su pasado y demuestra que incluso el dolor puede convertirse en catalizador de nuestra propia liberación.
Lucha, constancia, sacrificio y resiliencia son algunos de los pilares sobre los que se sostiene una obra que termina erigiéndose en un faro entre las rocas: una luz nacida precisamente allí donde antes solo parecía existir oscuridad. Un poemario con argumentos sólidos para dejar huella y, sobre todo, con la capacidad de obligarnos a ponernos en la piel del otro y recordar que cada persona encierra un universo propio, construido a partir de circunstancias, heridas, miedos y batallas que muchas veces permanecen ocultos a los ojos de los demás.
No encuentro mejor manera de cerrar este análisis que recurriendo a unos versos que bien podrían funcionar como síntesis de la obra y, al mismo tiempo, como reflejo de muchas de las personas que lleguen hasta esta reseña: hombres y mujeres inmersos en una lucha cotidiana por encontrar una razón para continuar, resistir y seguir combatiendo hasta conseguir, algún día, ser plenamente ellos mismos.
Sin toxicidad. Sin cadenas. Por fin libres.
Porque quizá la felicidad —ese estado transitorio que tantas veces confundimos con algo permanente— no consista en alcanzar una existencia perfecta, sino en encontrar la paz interior. Y ese bienestar pasa también por derrotar a ese otro yo que se empeña en dividirnos e impedirnos avanzar; por desprendernos del peso de la inseguridad, del miedo y de la necesidad constante de validación ajena.
Solo entonces podemos crecer, transformarnos y reconciliarnos con aquello que siempre estuvo dentro de nosotros.
Con quienes fuimos.
Con quienes somos.
Y, sobre todo, con quienes todavía podemos llegar a ser.
Romper las cadenas
Heredé una culpa, rescoldo de fuego ajeno,
la vestí de silencio, sin queja ni ademán.
Juré, y mi promesa se hizo polvo en el suelo;
grité, y de aquel lamento solo quedó llorar.
Cicatriza la herida, pero nunca se marcha,
raíz hundida en fango, memoria que amarra.
Camino por un hilo que la niebla desgaja,
funambulista sin red, sin una voz que me alza.
Reí con risa ajena por caber en el mundo,
y aquella risa prestada fue mi peor soledad:
una multitud cerca, y yo en un pozo profundo,
mendigando un cariño que no supe nombrar.
Tuve hambre de abrigo y miedo de ser carga,
la enfermedad, la sombra, la carencia alargada,
la ausencia de aquel padre que nunca hizo guardia
ante el espejo roto de una infancia quebrada:
un jarrón hecho trizas, una luz apagada.
Fui un alma entre ruinas, un pasado remendado,
una raíz que se alza desde el barro en que ha crecido;
una heroína que, vencida, vuelve en pie recompuesta,
mientras desde mi interior combate mi ángel caído.
Uno llama al abismo; el otro exige vida.
Se aferra, muerde, insiste, sin tregua ni cuartel.
Porque nací del fango y aprendí de mis heridas
que también desde el barro puede uno renacer.
Supe recomponer cada pedazo roto,
a arrancarme la ponzoña que me hicieron soportar,
a devolver esa culpa que jamás me perteneció
y romper las cadenas que me obligaron a arrastrar.
Y por eso, dolor, ya puedes retirarte.
No vas a doblegarme.
No pienso claudicar.
Fuiste parte del camino,
pero nunca mi destino.
Y ahora puedo gritarlo orgullosa:
No eras mi final.

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