Héctor H. López es un escritor español cuya voz ha encontrado distintas formas de expresión en el campo de la literatura contemporánea: desde la publicación de relatos y novelas como Pacta servanda sunt y Trampantojo hasta un blog personal y reflexivo en yatengounaedad.wordpress.com, donde combina artículos sobre escritura, creatividad y cultura con fragmentos de sus proyectos narrativos más ambiciosos. Residiendo entre Zaragoza y Cádiz, y vinculado durante años al mundo del arte y la crítica cultural, Héctor ha construido una obra que dialoga con la literatura desde la técnica, la experiencia y la exploración constante de textos, personajes e ideas.
¿Qué trabajos
de los que has desarrollado a lo largo de tu vida crees que han moldeado más
profundamente tu voz literaria?
En realidad casi todos, porque
creo que se trata más de cómo miras, de cómo te enfrentas a la realidad cuando
tienes impulso creativo. La crítica de arte y la gestión cultural me acercaron a
élites culturales, pero el trabajo de camarero o vigilante de seguridad me dio
la perspectiva con los pies en la tierra y mucho conocimiento de la psicología
humana. Si sientes la pulsión, miras con ojos de escritor y te apropias de
cuanto te rodea.
Al revisar tus
publicaciones, tanto en blog como en formatos más clásicos, hay una constante
preocupación por el lenguaje: su precisión, su musicalidad y su capacidad para
significar. ¿Cómo conceptualizas hoy el papel de la palabra en tu escritura?
Lo que nos convierte en
escritores no es el hecho de contar historias, sino el modo en que las
contamos. Por eso, y relacionado con la pregunta anterior, uno de los aspectos
a cuidar es la palabra (la forma). Mimarla, ser precisos, escuchar cómo suena
(cuando leemos lo escuchamos en nuestra mente) ayuda a poner al lector en la
disposición en que deseas que se enfrente a tu trabajo y, además, a provocarle
las emociones que buscas. No conozco ningún artista reconocido que no cuide sus
herramientas.
Además también llevas a cabo otros proyectos narrativos como Two Souls. ¿Cómo convive en ti la reflexión teórica con la práctica narrativa?
Procuro mantener viva la impronta reflexiva que me aportaron los profesores de mi infancia y juventud y soy partidario de dominar ―en la medida de mis posibilidades― los aspectos teóricos de cuanto enfrento. Quiero saber cómo se hacen las cosas y por qué se hacen así antes de ponerme a ello. Por ello, trato de enriquecer mi acervo y aumentar mis herramientas de forma continuada. Como decía Picasso: «Aprende las reglas como un profesional, para entonces poder romperlas como artista».
¿Cómo
describirías tu estilo narrativo?
Por una parte, como inmersivo,
absorbente. Aunque depende un poco de cada personaje o la escena, trato de
atrapar al lector en una red que lo aísle del exterior y lo convierta en el
protagonista de cada situación, también a través de la longitud de las frases,
del vocabulario, de su sonoridad. Por otra, quizá debido a mi pasado
profesional, es muy visual, muy cinematográfico.
¿Cómo ha
evolucionado desde tus primeros textos?
He aprendido muchísima técnica.
Sin perder la esencia, pienso que ahora tengo más facilidad para acercar al
lector al estado de ánimo que pretendo provocarle. Creo que he sacrificado un
poco de riqueza formal, camino en el que aún debo trabajar. Por desgracia para
mí, aunque creo en la capacidad del lector para afrontar cualquier reto que le
pueda proponer y, al mismo tiempo, disfrutar de ello, los estándares de mercado
exigen textos más directos, preeminencia del diálogo, renuncia a las
descripciones, vocabulario común y sintaxis sencilla. Y yo venía de un estilo
muy alemán, con párrafos y frases largas, lo que yo llamo «bosques de comas».
Así que, tratando de no perder mi voz narrativa, procuro limar mis recursos
formales.
Tu novela Trampantojo se mueve más en el thriller psicológico y Pacta servanda sunt se asoma a lo fantástico con un trasfondo ético. ¿Qué tensiones narrativas te atraen más: la incertidumbre del suspense, el asombro de lo fantástico o la caracterización certera de tus personajes?
Sin duda los personajes. Me
fascina el alma humana. La psicología, la neurociencia o la criminología son
mis materias de cabecera. Por otra parte, creo que somos animales sociales, por
lo que el modo en que nos relacionamos y la ética están siempre presentes. En
mi opinión, la diferencia entre Pacta servanda sunt y Trampantojo
es solo el formato. Ambas ponen al lector ante dilemas éticos y le obligan a
reflexionar, si es que lo he conseguido, sobre los valores que rigen nuestras
vidas.
Al leer
entradas como “La elección de las palabras” en tu blog uno nota un compromiso
con el oficio del escritor como artesanía y contemplación. ¿Escribir para ti es
un acto de descubrimiento personal o una disciplina que exige rigor y un proyecto
bien definido?
La escritura, para mí, es un
impulso. Así, bien podría saltarme cualquier norma o estándar porque solo estoy
volcando mis propios fantasmas, reflexiones o locuras. Pero, cuando decido
compartir esa labor íntima con el resto del mundo, considero imprescindible
cuidar mucho el modo en que lo hago, el envoltorio con el que presento mis
historias. El lector no merece menos.
Tu trayectoria
editorial alterna entre lo autopublicado y lo colaborativo con otros grupos de
autores. ¿Cómo valoras hoy la autopublicación en relación con el camino
tradicional editorial?
La autopublicación es una
salida para el autor en un momento en el que el mercado está absolutamente
enfocado al beneficio, lo que lleva a muy pocas editoriales a salirse de lo que
consideran terreno seguro. En ese sentido, es una auténtica bendición, pues
permite dar voz a muchos autores que difícilmente hubieran llegado al público
por la vía tradicional. No es un tema de calidad ―o solo de calidad―, sino de
la perspectiva del editor de recuperar su inversión. Por otra parte, ha
provocado que cualquier texto salga al mercado, lo que ha implicado una
sobrecarga de títulos. Además, la ausencia de filtros ha permitido que se
publiquen textos con graves carencias, diluyendo obras muy buenas entre un
montón de mediocridades.
Si la sociedad sigue por el
mismo camino, creo que tiene un enorme futuro para las empresas y plataformas
de autopublicación. Los autores, por el contrario, deberán esforzarse cada vez
más en actividades de promoción y marketing para intentar vender apenas
unas copias. Si le sumamos la tendencia a novelas por plantilla y la intrusión
de la IA, en un entorno de público tan poco exigente ―como demuestra la
proliferación de publicaciones sin corregir mínimamente incluso en edición
tradicional, por ejemplo―, estupendo para las empresas, muy duro para los
escritores.
En tus
reflexiones sobre arte y escritura, ¿qué papel juega la lectura? ¿Cuáles son
tus preferencias y quiénes tus referentes literarios?
La lectura es fundamental.
Cierto que, cuando escribes, lees de otra manera. Casi puedes entender los
libros como los casos prácticos de esa teoría que te han explicado en los
talleres o cursos que hayas podido realizar. Cuando lees con atención,
descubres los pequeños trucos de magia que realiza el autor y aprendes.
Aprendes mucho. Además, captas otros estilos, otras voces, otros recursos. Y
adquieres cultura, conocimiento; vida, en definitiva. Tu escritura es siempre
acreedora de tus lecturas, de modo consciente o inconsciente, por lo que cuanto
más amplias y selectas sean estas, más rica será aquella.
¿Referentes? Ninguno en
particular y todos en general. Desde las lecturas obligatorias (para mí no lo
eran) del colegio y el instituto, hasta la fantasía y la ciencia ficción que
leo desde adolescente. Además de los clásicos, de Homero a Eco; Asimov, Herbert,
Heinlein, Clarke o K. Dick, incluyendo a Verne o Salgari. También los grandes
del thriller de Conan Doyle o Christie a Lemaitre, Dicker o Vargas.
Cualquier libro que esté bien
escrito y cuente una historia me ayuda.
En el blog hay
secciones como “¿Somos lo que leemos?” y “De los monstruos”, donde abordas
temáticas humanas complejas desde distintas perspectivas. ¿Piensas que la
literatura tiene la responsabilidad de revelar o cuestionar?
Si el arte no provoca, no es
arte. Además de una componente estética, debe conmover, incomodar, generar sentimientos,
en definitiva. Desde la emoción, coloca al espectador/oyente/lector ante un marco
que lo inclina a reflexionar y cuestionarse la realidad en la que vive. Lo
único que no debería provocar un texto literario es la indiferencia. Por eso
debe ser una herramienta de activismo, una palanca que provoque cambios, ya
sean de carácter individual o colectivo.
Dado todo lo que has explorado en narrativa, ensayo, blog y reflexión sobre escritura, ¿te plantearías en el futuro escribir un ensayo más extenso sobre la práctica de la escritura misma? No hablo de escribir sobre técnica, sino más bien como experiencia vital y cultural.
No me veo en ese campo. Me he
enfocado en la vertiente creativa y esa es la parte que creo poder mostrar con
un mínimo de dignidad. Además, como he comentado, la escritura es para mí un
acto íntimo y personal, de modo que no creo que mi experiencia personal fuera
útil para otro.
Cada escritor debe encontrar su
propio modo de torturarse.
Lo que sí me gustaría es
encontrar un grupo de escritores para reunirnos de forma periódica y hablar, a
ser posible en torno a una mesa, de lo divino y de lo humano. Igual de ahí sí
salía algo interesante.
¿Cómo te
gustaría que los lectores recuerden tu obra dentro de cincuenta años?
Como una obra que ayudó a
cambiar algo, por pequeño que sea. También por haber mantenido la coherencia y
autenticidad. No querría perder mi voz por adaptarme a modas o mercados. Quizá
por eso busco siempre salirme de la zona de confort con proyectos como el de Two
souls o tratando de no encasillarme en un género. Sé que mi editor me
odiará por ello, pero, cuando empiezas a gustarle a todo el mundo, es el
momento de explorar nuevas posibilidades. Si quiero ofrecer algo que enriquezca
al público, debo partir de mi propio esfuerzo y aprendizaje.
Y para
finalizar: ¿Una recomendación para futuros escritores?
Que lean. Que
lean mucho y muy variado. Que lean antiguo, actual, famoso, desconocido. Que primero
lean y, después, escriban. Luego, si pretenden publicar lo escrito, que cuiden
la forma, que corrijan y repasen, corrijan y repasen, corrijan y repasen. Cada
vez vamos más acelerados, pero escribir es un trabajo lento y solitario, sin
glamur. Que no tengan prisa y piensen que lo escrito sobrevive, inamovible, en
el tiempo.




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